viernes, 29 de agosto de 2014

Palabrería.

Naces y chillas tan fuerte que tu propio lamento inunda la habitación. Te observan con una mezcla de admiración y felicidad intensa y se turnan para cogerte en brazos.

Una vida más, el inicio de una vela.

Todos y cada uno de nosotros somos como velas amarillentas que se consumen desde el minuto cero; hasta que la llama termina con su absurdo ciclo vital.
Indago en el tema con poca madurez, quizá me quiero creer que no somos simples seres con una vida en la que el final se encuentra programado. Me imagino que la vela está sincronizada con el órgano que bombea incesantemente sangre a un lado y a otro. Si el miembro clave de nuestra entraña se rinde, abandonamos rápidamente el acomodado hogar de los mortales, pero no sus mentes. Y adiós a la vela.

Se despiden de ti y suena tu canción preferida. Escuchas con una sonrisa tonta cada acorde del piano y la voz de la cantante se apodera de tu mente. Se creen que porque tu vela ha desistido, no estás vivo. Pero se equivocan. 

Finalizas un viaje para meterte de lleno en otro. Tu famoso miedo al olvido ya no te afecta, abandonas tu figura de alma desasosegada. Y te dedicas a soñar, tanto dormido como despierto. Imaginas cosas infantiles e incluso banales sin que nadie las juzgue. Ya no existe el estrés, ni los gritos. Tampoco los quehaceres.
Tu vida se ha completado de forma satisfactoria y obtienes tu recompensa. Y entonces te das cuenta de que eres más fuerte que nunca y no necesitas velas que te iluminen porque tú eres quién debe de llenar de luz los rincones vacíos.

martes, 19 de agosto de 2014

Imaginarte a oscuras.

Déjame llevarte conmigo. No pido más.

Es innecesario un exceso de equipaje.
Seremos trotamundos que vagan incansables.

Ven, ¿a qué esperas?

Abandonaremos nuestra bulliciosa provincia para adentrarnos con sosiego en hermosas ciudades y pueblos; llenos de turistas dispuestos a conocer el lugar, a degustar platos tradicionales o a pasar un tiempo de descanso por los alrededores.
Y que mejor que ver la poesía que tienen tus ojos verdes mientras tanto; en los que me pierdo sin la mínima intención de encontrarme.

Conocerás la forma de vida de tribus que se asientan en las más recónditas selvas.
Si hace falta coloco el Everest a tus pies.
Vagar entre tus curvas, que puedas conocer la hilera completa de sentimientos hacia ti sin tener que callarme.


Surcaremos océanos, pasaremos las noches en playas paradisíacas de aguas cristalinas.

La ilusión de mi vida, créeme.
Hacerte feliz y jugar a perdernos y a volvernos a encontrar.
Que tu risa llene este vacío infernal que grita tu nombre. Necesito verte en la oscuridad de la noche, aunque solo sea soñando.

sábado, 16 de agosto de 2014

Aclaraciones inconexas.

Palabras. Uniones de letras con un supuesto significado, pero que son capaces de no transmitir nada. Tan llenas o tan vacías como simples botellas de agua. Palabras bellas como una melodía que atrapa, que conquistan almas. Gente que entabla conversación en una estación anticuada; al preguntar la hora o expresando con palabras lo bonito que se encuentra el cielo esa tarde. Aquellas que no se rebajan. Ánimos, ¿en palabras? Dudas constantes encerradas en sílabas. Lo irónico y lo realista. Dichas en cualquier lugar y tiempo. Palabras en susurros tímidos por miedo a ser escuchadas. O expectantes como cualquier niño al despertarse un seis de enero para ver sus regalos al pie del árbol. Las que narran o resultan tan objetivas como las del telediario de las tres. Palabras insultantes o vengativas, esas que traspasan a cualquiera, que taladran como si de un arma se tratase. Lo anunciado y que es albergado por el aire, ya que no se obtiene una mínima respuesta, ni siquiera con la cabeza en modo afirmativo. Mentiras y más mentiras encerradas en letras perfectamente ordenadas y con una disposición meditada. Palabras, sin más.