jueves, 25 de diciembre de 2014

Propósitos estúpidos en fechas estúpidas.

Me niego a ver como las arrugas sacuden teces que no tienen la culpa de que el tiempo actúe a su antojo. No quiero visualizar seres consumidos, y pensar que yo también me voy perdiendo con ellos en un camino sin retorno.

Si la envidia llama a la puerta voy a impedir que corra hacia mi cabeza envenenada aunque reviente el timbre indignada.


No soy libre, pido no ser controlada por culpas innecesarias que me hacen pagarla, y no con la cartera, que está llena de nada. La nada más absoluta. Vivimos en la nada, rotando alrededor de algo como un tiovivo, en una estancia llena de nada, sin vida. La nada, lo que uno preferiría sentir al ver a quién quiere bajo otras sábanas, en lugar de un amor desproporcionado que no tiene un final de película americana.

Necesito mirar ojos limpios que no guarden secretos ocultos en sonrisas hipócritas. O tal vez suicidas. Purificarse es algo más que sufrir por dietas. O eso creo creer. Es ver todo con los ojos del sábado y con la sensatez de los martes.

Apreciar a alguien o algo y no perderlo, que me deje ese bono de errores por si a menudo no sé querer como debería. Que no se pire rápido, te deje solo y con todos esos fallos que desearía ahogar en piscinas de veinte metros de profundidad. No ser yo el peso que al tirarse de cabeza se ahogue por la concentración de éstos. Así que nada, me quedaré bebiendo zumos concentrados en vitaminas a ver si algo se cumple.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Enfermo de amor como diagnóstico.

No quiero quedarme olvidado 
como los libros de lectura obligatoria,
como las acomodadas habitaciones de invitados
al no recibir visitas,
como las noticias que dejaron de causar furor mediático
tras dos semanas de éxito,
o las loterías que no tocaron.
Como la botella de ginebra 
al conseguir emborracharme
para que no seas tú 
la figura que domine mis pensamientos,
como las películas de vaqueros
que mi abuela insistía en dejar
cuando el cielo lloraba gotas insípidas,
y los cromos y canicas que se intercambiaban
en mis tiempos.
Como los abrazos que no nos dimos
y que serían el antídoto de mi desastre,
lo que no te dije
para evitar puñales como respuestas
o lastimar un solo centímetro de tu cuerpo
con el que me conformaría
para recorrerlo 
una y otra vez
si la soledad aprieta,
o la Luna quiere ser la reina de la noche
dejándote a ti de lado.
Como mis viajes por miles de camas
hasta que encontré a mi Caperucita de cuento
que eres tú
la misma que me hace creer que yo soy el lobo
causante de tus estropicios.
Como todo aquello que te llevaste de mí
para dejarme loco y solo
sin que me importe
escribiendo desgracias
dedicándote canciones

sobretodo 
que me dejes sin ti.