miércoles, 25 de febrero de 2015

A contracorriente como siempre.

Somos tiempo y morimos por culpa de su prisa.
Cada bocanada de aire es un poco más inútil si nadie te corta la respiración. Es poco viable el tener un invierno por cada año cumplido y que alguien haga florecer brotes entre la nieve. O algo así dicen cuando se mueren por amor. Pero no, esta vez no voy a esperar arrodillada y sin pitillos a que alguien me ponga de pie. Eso es limitarme y que mis piernas se raspen hasta que corra por ellas sangre. Me río de la promesa de recorrer todos y cada uno de los mares en busca de su princesa. Si un día, y solo uno, esa princesa fuera una sirena de cola turquesa al igual que el valiente enamorado, quizá me lo creería. ¿Y al volar? Sí, también sería más sencillo que correr un par de horas con la mera satisfacción de haber abandonado cuatro paredes un rato. Lo mío no son los vestidos y el tener gracia al hablar, bucear con los ojos cerrados o montarme en el primer avión que pase. No, no soy la Isabel Freyre de un tal Garcilaso. En mi párpado no se ha perdido Pablo Neruda una noche sin luz. Tampoco soy la pasión que acabó en un trágico sainete de Bécquer. No soy la oveja de la que se enamoró el león, ni mucho menos la Luna a la que aúlla un lobo a medianoche. En mi lista de deseos cumplidos no hay poetas, ni yo en sus escritos. Solo se aglomeran mis sueños de más de doce horas y escribir tantos incomprensibles, posibles en mi cabeza. Me decanto por ver las hojas caer y escuchar la lluvia antes que tanta incoherencia.
Lo tengo claro, si se acercan los demonios les voy a ofrecer una copa.

sábado, 21 de febrero de 2015

Truncada.

He visto rondar a una actriz de prendas oscuras por la calle con prisa. Las esquinas solas al igual que ella la miran pasar. Porque siempre está sola, no cabe duda. Sola y despeinada. La cabeza anda agachada como queriendo buscar luciérnagas con tal de obviar a las farolas. No sabría decirte, por su aspecto la rutina le aprieta, le pesa, le ata. Y sin embargo nunca se ahoga. Pide un café con leche de máquina y lo mezcla con una cucharadita y media de azúcar exactamente. Sale del establecimiento a las 10:17 y se coloca el pañuelo bien a la segunda. Acto seguido prende un cigarro y es pasmosa la velocidad con la que el humo se libera de esa prisión compacta y vuela. Se disipa. No deja rastro, solo en la cajetilla hay un vicio de menos y un motivo de más para no enloquecer. Me parece que ella también se quiere ir como el humo algunas veces. Rápido como sus pasos por la acera, veloz como el poco tiempo que tarda en llegar el dolor y cómo se desplaza por ambos extremos del cuerpo.
Es actriz porque se esconde en los camerinos de su alma ante las desgracias. Se pone nerviosa minutos antes de que llegue la fecha señalada del calendario. Busca la química de sus movimientos delante de un público y entona de manera decente las palabras para que resulten menos vacías. La entrada para que confíe cuesta y mucho más aún que crea en el progreso de ahí fuera. No sé, es difícil de entender. A menudo cree comprenderlo todo y otras se queda en las premisas. Es un círculo vicioso. Un frenesí de estados de ánimo. Lee en voz baja todas las paradas de metro y desea encontrar cartas debajo de la puerta. Suena una canción mala, la más mala, y canta.
Es la actriz de sus propias películas. Le faltan aristas y vértices, pero sus bordes nada poéticos contrarrestan.

viernes, 13 de febrero de 2015

Guerras.

Escribir para que las palabras se mezclen con la noche en una velada extraordinaria y me sienta la princesa de mi papel arrugado. Ser sutil, seca, en activa o en pasiva, que el bolígrafo escupa tinta sin tregua.
Todos en sus posiciones.
Yo dividida en dos bandos: mis tormentos vestidos de realidad y mi fuerza disfrazada de dama.
¿Preparados? O aún sin estarlo...
Apunten, fuego.
Armas luchando con mis ganas arrinconadas, aprieto la mano contra la mesa buscando paz. Disparan y no me percato porque tanto ruido provoca sordera. Hay ruinas y daños superficiales; vacilo en lo que pongo, lo tacho, lo coloco otra vez con flechas. Otro atentado contra mi cuerpo que no consigue matar a mis esperanzas. Se me acelera el corazón y corre que se las pela. "Morir por un infarto poético o quizá narrativo. ¿Creíble? Lo dudo". Garabateo y por fin surge algo y aparezco en un mundo ideal, sola. Alrededor de mí se levanta un pesado búnker. Quizá ahí es donde termino siempre enredada, me olvido de los problemas, floto sin tocar el suelo y respiro por inercia. En mi nube. ¿Locura o cordura a mi manera? Es posible que tanto la una como la otra estén muertas en el campo de batalla y sea imposible calificarme como persona.

domingo, 8 de febrero de 2015

Ultimátum.

Mis clavículas son precipicios en los que corres peligro, abandona. Es probable que te enredes en mis cabellos oscuros y te apeste el olor a champú. Te caigas en seco por mi espalda y no sea el tobogán que te libere del chichón. Aún herido, vagarás por mis piernas largas y difíciles de atravesar, entre la espada y la pared, el salvavidas o yo. Porque no seré capaz de salvarte y lo sabes, asúmelo. Mis dedos llegarán, como siempre, nueve segundos después del impacto. Otro golpe tuyo que me duele a mí el doble. Contemplas mis uñas y, dentro de lo que cabe, están dispuestas. Sin embargo te sientas encima de la más desgastada. En mis nudillos se han levantado dunas secas y algo coloradas. Precaución, no te mueras de sed entre tantos miles de desiertos.  Pero no, te pegas a mi ropa como queriendo hacerla trizas. Te subes por el cuello. Me hablas. Me giro. Me lo repites, te miro y me río para llenar el aire de sonidos. Te acercas tanto que me tapo la cara hasta dejar de reflejarme en unos ojos tan profundos. Y ni por esas desvías la mirada. Tu cabezonaría me oprime y a la vez me sorprendo de que no estés ya a dos millas de mi cuerpo.
- Vete o saldrás roto.
- Entendido, pues me quedo.