viernes, 23 de octubre de 2015

Amor maldito.

Puede que la solución sea despojarme de deseo. Arrasar mi propio cauce, desbordarme, que mi caudal reviente y con él se disipen las contrariedades. (Pero, ¿cómo? Yo soy la mayor contrariedad. Mi defecto más aceptado.) Entonces, no escucharía cómo la escacharrada bombona de sangre centrifuga mis aristas. La paz me acariciaría los dedos de los pies con prudencia, no sentiría el ímpetu de lanzarme sin prever las consecuencias. El murmullo del sueño me acorrala. Parece que algo va a estallar sin estallar nunca. ¿Me explico? Bueno, en verdad me da igual no hacerme entender.

Escucho mi propia cuenta atrás decreciendo y estirándose -como las mareas- sin reventar nunca. Ven y termina de ahumarme de negro con tu luz celestial. No me rompas a medias. Tan involuntarios tus actos cotidianos. Tan involuntaria mi pena. Corre. Hazlo al completo. Quiero ser las trizas de una hoguera, la última exhalación de la muerte, oler a madera vieja y luz rota. Ser la triste morada de una estrella, un anaranjado atardecer manchado de sangre. Esa ola que se lleva por delante cualquier acantilado en calma y toda una lista de ojalá's. Recordarte lo justo. Embestir contra la vida y ganarla.

No sé disimular
ni escribir
ni improvisar.
Estoy demasiado entretenida planificando cataclismos. Imaginando a cuanta intensidad asciende cada palo. Qué agonía con sabor a miel. Cuánto hastío. Cuánta pasión. Cuánto contacto negado.

Nadie comprende. Tampoco las malditas, inertes y estúpidas hojas. Me limito a plasmar mi estela desbaratada. Son el lecho de mis miles de defunciones y renaceres.

No quiero amor. Soy espontánea, supongo. Prefiero que éste explote a mi vera mientras me río si sus vísceras  aterrizan contra el suelo. Que explote y muera explotando. Y deje toda su sangre en el pavimento. Y que los enamorados canten grosero a sus cutres amadas. Y seguirán, cómo no, sonando solitarios suspiros entrecortados en mi cuarto. Que siempre es la misma película. Que siempre soy lo mismo. La misma.   Aislarle, privarle de bocas y susurros con olor a carmín.
       En definitiva,
          quiero que el amor  
               sufra tanto como yo.

sábado, 10 de octubre de 2015

Lista de brechas.

Tendría que estar sumida en un sueño absurdo, pasional, roto, carnal, enteramente ficticio, perecedero, y no.

Escribo porque.
Mira, no sé, necesito que me eleven, que mis pies se liberen de sus jaulas, levantarme, más  arriba, así, ¿ves? Subir tanto que no me den miedo las alturas. Subir aún sabiendo que si corazón  y silueta atraviesan el suelo, huele a letal y palpo añicos de mi ser en una calzada, no ha sido en vano.

Escribo porque.
Los segundos se marchitan grises, se despiden sin un pañuelo blanco, grises las horas muertas me abrasan. Soy un gris teñido del color de las flores.

Escribo porque.
La incertidumbre me deja tendida, inmóvil, apalancada en la cuneta del progreso. Me observo y, aunque a veces dude, confío, me enfrasco en el títere de mi cuerpo como refugio. Un refugio sin protecciones ni manuales ni principios ni cordura. A pesar de ello, incluso siento una golosa sensación de soledad placentera, eterna, dormida. Me amo con todo el posible odio.

Quiero y deseo y no puedo y ni por asomo lo intento. Hundo tantas veces mi barquito de papel con tal de encallarme a tus piernas.

Escribo porque.
No siento nada. Te recuerdo. No siento vida en mi aorta, tampoco un cementerio de árboles desnudos. Tan tú. No hay hogar ni cimientos, aún con muchos mares en calma no hay paz, tampoco revuelo, gris, sí a la incoherencia.

Siento cómo lloran pupilas sin soltar una mísera gota. Escribo porque algunos estamos enfermos de existencia, contagiados de un amor ridículo. Somos incógnitas que nadie viene a despejar. Somos sin ser camino en el que pisar y dejar una tímida  huella.

Escribo porque.
Es mierda al fin y al cabo todo esto.
No se me da bien despedirme.

domingo, 4 de octubre de 2015

Decadencia.

Apenas acierto cuando desdibujo tu ropa y la tiro al suelo, ya sabes, como si solo me quedara una noche de vida. Y quisiera hacer volar por los aires las limitaciones, la moderación y las señales de precaución. En mis últimas horas me aguachinaría de vicio. Créeme. Calaría mi mente de luto, me guiaría la bombona de mi pecho. Chillaría que te quiero en cualquier arcén de metro rodeada de putrefactos corazones. Engulliría todos mis papeles para no dejar en un cajón las penas que sobrevuelan mis venas y se incrustan con frialdad.

Desaparece,
no,
así no,
no te muevas,
quédate siempre
digo.

Todos nos sentimos muertos,
somos ocasos en las manos incorrectas,
la crónica de un suicidio,
una cuerda rota.

Diría que no me importa.
Sé mentir,
a veces,
casi nunca,
en una urgencia premeditada.

Me censuro,
precinto mi ser,
bebo mucho café,
ataco a los partidos políticos
y me dejo llevar.

Todos desembocamos en el mismo sitio. No existe cielo o infierno alguno, simplemente los rozamos con el meñique de vez en cuando al salirnos de nuestra realidad ficticia. No pretendo que nadie me entienda. Puedo cambiar la misma frase setenta veces y referirme a lo mismo. No consigo nada por ello. La daga del amor sigue acorralandome con esa risa de catálogo. Si se va, vuelvo a buscarla escopetada. Necesito que me apuñale definitivamente, que deje los jodidos amagos de ruina infinita.

No quiero perderme por cualquier falda, ni que la mayoría de fragancias me envuelvan de deseo. Es mejor quemarse que apagarse lentamente. Ya lo dice Kurt Cobain.