jueves, 29 de diciembre de 2016

Intimismo.

"a vosotros pecadores
como yo, que me avergüenzo
de los palos que no me han dado,
señoritos de nacimiento
por mala conciencia escritores
de poesía social."- Jaime Gil de Biedma.

Cuando me necesito no estoy. Cierro el corazón y me arropo con mi desnudez. No opto por acariciar a la fiera que me araña con una sonrisa de mentirijilla. No hago las paces con mi áspero antagonismo porque creo que no soy yo la que me duelo.

Pues he de aclarar que: sí, soy yo, yo me duelo. Por mucho que cueste hacerse a la idea.

Descanso en mí misma como si fuese esa vieja amiga que nunca te traiciona mientras me excuso hasta por respirar. "Oye mira que...nada."

Me acaricio la piel fresca como si no me hubiese querido mal. Como si mis dedos no fuesen cómplices de auto-estropicios. Y lo siento pero los hundo en mi tersa blancura como intentando disculparme con gesto de madre.

"Oye que..."

En ocasiones me encuentro en el espejo y María y su proyección parecen distintos cuerpos. Y, aún así, hago cualquier cara rara y me río. Y mi reflejo me enseña los dientes marfil. Lo siento, tal vez, por haberme dedicado muchas lluvias y relámpagos por causas injustificadas; por ser María y no brillar siempre. Por errar y no gustar, por rectificar, por ignorar; como cualquier ser humano, vamos.

Por una vez escribir me está consolando este despiece de figura. Me fundo en un abrazo de mí (para mí) y creo que ya lo he resuelto todo.

El invierno se avecina extrañamente largo pero lleno de amor propio.

jueves, 13 de octubre de 2016

La tontería de las 23:09.

Ansío tanto la paz de la montaña como Alberti el mar.

Las prisas de Madrid atropellan a cualquiera. No nos dejan respirar. Dispones de cinco y quince y cien bocanadas de aire puro si vas al norte.

En estaciones de tren solo veo cuerpos agotados con biorritmos mecanizados. Es todo tan rítmico e insano que, a veces, me asusto.

El autobús, quizás, decida que llegues tarde. Claro, las horas se pierden con el aliento entrecortado de la carrera que te pegas porque es tarde, tardísimo.

Las ojeras se coleccionan como los cromos en caras que parecen muertas. Qué calor de humanidad pegado a mi jersey, qué ventisca nos sacude en plena calle.

Regresadme. Devolvedme al norte, aunque no sea mi hogar; a falta de poder pernoctar a unos brazos de mujer. Hacedme volver ahora que nadie me estrecha con calidez. Ahora que estoy sola y nadie se enamora de mi escala acromática.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Aclaro que quiero en exceso.

Nadie me versa ni me besa ni me recita absolutamente nada.
No me separo de mis libros de poesía porque me dan la vida que otros me quitan a golpes. Hace tiempo que no espero que me quieran a lo grande. No se dejan la piel por mí y la mía está hecha tiras. No me vale, no, no vale.
Considero que los sentimientos han de ser como fuego a veces. Querer es sufrir un poco. Nunca he sabido querer sin excesos. Se me va la vida queriendo (en lo que tardo en coger aire, encarcelarlo y devolverlo al cuarto).
Aún sigo esperando que Beatriz me lea en voz alta con la marea igual de alta de Murcia. (Hablaría del trasiego de las olas bravas y espumosas de fondo pero es algo casi inexistente en esos lares.)
Escribo como si delirase; las palabras no encuentran ningún obstáculo para saltar del habitáculo de mi revuelta cabeza al papel. No las paro. No tengo fuerzas.
Me compadezco de Lorca cuando dice "¡Ay qué trabajo me cuesta quererte como te quiero!".
Es verdad,
cuesta una tristeza,
y dos,
y tres,
y cuatro.
Y, a pesar de la pena, no siempre consigues el dulce fruto de la recompensa. Y quien dice el fruto dice la esperada respuesta, lo recíproco, el feedback que te mereces por partirte las costillas en una misión inútil.
Qué trabajo me cuesta quererte como te quiero. En ocasiones, la noche es tan oscura que me evapora de mi cuarto. Y se me olvida que queriendo tanto sólo me doy de bruces con puertas de acero.
Huelo a madera mojada, con telarañas en sus recovecos, casi podrida. Pero, aunque todo yo se quiebre, siento un poco de paz infinita en el lado izquierdo del pecho.
Me costó querer pero hice lo que pude.

lunes, 22 de agosto de 2016

A mí.

De vez en cuando la soledad se posa en mí y trata de acicalarme. Colgándose de mis orejas, por ejemplo. Enredándose en mis horizontales curvas para que parezcan voluptuosas. Enredándose en mis ojos con un brillo opaco.

De vez en cuando la soledad se posa en mí y trata de acicalarme. Y el resultado es una palidez de fantasma y unas ojeras huecas.

Es una dama boba e infantil.
Vive de contradicciones, de improbables, de imposibles. Camina por un sendero de carteles invertidos y señales inventadas. Y, en cierta parte, me identifico.

Trata de poseerme como si yo fuese ese maldito territorio sin conquistar. Como si yo estuviese subordinada a ella. Como si yo fuese esa piedra inerte que no se queja cuando la ahogas en un río.

Me canta como las sirenas cantan a los marineros malolientes y agotados. Me canta y no siempre caigo. Hasta que las paredes se zambullen en mí y no me da tiempo a protegerme de mis miedos.

El resultado es una palidez de fantasma y unas ojeras huecas y cuando me miro al espejo pienso: "joder, María, ¡cuánta decadencia!"
La soledad repta de un extremo a otro de mi cara como una serpiente frente a su presa.

Y
zasca.

He de ordenar mis ideas. Recalcaron que soy muy abstracta y lianta con las palabras y ni me inmuté.

Sales y entras. Crees que quien te aporta es sinónimo de refugio y sólo te encuentras con un hogar sin techo. Crees que aportas un poco a fulano y luego se olvida hasta de tus manías. En fin, tonterías. Crees y crees y crees pero no eres más que una agnóstica en la religión y también en la vida.

Sólo tengo claro que que te quieran es no marcharse aún con todas las ventanas abiertas. O que no te rompan el corazón sabiendo el código exacto y tu lista de debilidades.

Deja ya de acercarte a cuerpos extraños que no sepan apreciar tu libertad. Que no sepan apreciarte entera. Con tu incoherencia, tu indecisión, tus arrebatos y tus enfados. Con toda tu alegría y tu mierda, a lo soez.

Nunca se me ha dado bien expresar cosas tan grandes en pocas palabras. Quizás por eso admiro tanto a Neruda. Quizás por eso morreo a mi inconformismo siempre que escribo un párrafo.

De vez en cuando la soledad se posa en mí y me recuerda que todos estamos solos. La esencia es saber convivir con uno mismo. Estoy aprendiendo a hacerlo sin asustarme.






viernes, 15 de julio de 2016

Si decides marcharte.

"moi je t'offrirai des perles de pluie venues de pays où il ne pleut pas//yo te ofreceré perlas de lluvia llegadas del país donde no llueve."-Jacques Brel.

Si algún día decides marcharte, sé concisa. No te enamores de conjeturas módicas. Simple y llanamente pon tu mirada de alerta en mis pupilas caramelo. Acto seguido, pronuncia todo lo que no me gusta ni un pelo imaginar.
Me desarmaré, seguro, y te pediré ochenta justificaciones. Más que aclarar, pretendo que calmen, en vano, mi agitada marea. Todas esas idas y venidas de ideas furiosas que creas de forma tan tristemente sencilla.

No sé si esto es un escrito o un manual de instrucciones de pacotilla.

Si recapacito un poco, te comprendo. Si te imagino es libre, solo libre. ¿Lo captas? No te obligo a quedarte conmigo, te obligo a que nadie te corte a navajazos el vuelo. Hay tanto cielo que aún no conoces  que no puede congelarte el miedo a las alturas. Y cuando digo que no conoces, significa que no tenemos ni idea, así, en plural. Nunca hemos excedido los límites del firmamento que nos imponen y es algo que odio.

Sería una pena que enjaulasen tus ganas. Necesito verte en la lejanía del paisaje aunque ya no me eches en falta. Quiero comprobar que, por una vez, me has hecho caso.

Dibuja un idealizado punto y final a nuestra relación sin cuajar si eso te reconforta. No soy tan bruja como para evitarlo.

Si ya está todo dicho, puntualizo: si ya hemos intercambiado todas las palabras posibles, trazalo.
Podría inventarme un nuevo lenguaje que solo tú y yo entendamos. No quiero que la monotonía nuestra y desdichada se anude a tu cuello y te duela. Mi dedo se perderá entonces por tu tersa piel intentando reparar daños. Como siempre. Y me sentiré la mar de culpable, como siempre.

No voy a atarte. No voy a poseerte. Ni tampoco voy a tener envidia cuando se pierdan en tus ojos (mejor de lo que mi dedo se hundía) con caras de tontos.

Si algún día decides marcharte, sé concisa. No te vayas por las ramas como yo cada vez que intento ponerme seria. Simple y llanamente te quiero, aún si estás exenta de mí.

viernes, 1 de julio de 2016

El verde es oscuro.

Si no te van a estallar hasta los ventrículos de tanto quererme, no quiero que me quieras. Para eso yo ya sola me quiero. A medias, claro. Con esa especie de puntería distorsionada que nunca te permite acertar.   Y, aún así, lo intentas.

Me frustra no poder describir la lentitud con la que el curso de las cosas está arrasando cualquier resquicio de luz con vistas a un futuro placentero (que hace tiempo que evito con todas mis fuerzas).

Tengo miedo.
Mis pies se convierten en esas raíces que van a parar al suelo y acidifican el terreno. Nacen hojas por mis piernas; se eleva esa prometedora enredadera que el jardinero mira con júbilo atragantándose con su vano mérito. Se retuerce por mis caderas con una fuerza atroz, la respiración se atrinchera en mis pulmones, mi frágil piel se viste de morado.
Me doy cuenta de que cada vez estoy más verde y más anclada en algo que detesto. Recibo numerosos estímulos exteriores que me desagradan de sobremanera. Quiero huir, decido huir, me ahogo, no puedo. Estoy varada en un entorno esperpéntico. Entonces las ramas se atan a mis pechos y me arañan, crujen, borbotea la sangre como en el cine.
Voy a posponer lo de llorar porque sino riego las raíces, el suelo, el terreno acidificado del entorno grotesco. Quiero que se pudra este inesperado y doloroso verde y ser libre, calzar unas alas aunque me queden dos tallas grande.
Soy como el peso de la conciencia del que mata estando sonámbulo y cuando abre los ojos se topa con la muerte disfrazada de tragedia.
Es ridícula la situación.
Los estímulos no cesan, me duele el alma, no hay pastillas, solo un verde que me arruina. No me explico qué me está echando a perder, no lo entiendo, no comprendo la desgracia.
Mi cabeza se queda petrificada mirando a un punto inexacto e igual de cutre que todo lo anterior.
No voy a llorar, no voy a regar, me da pereza regar, yo nunca riego, poco lloro. Ya no solo mi cabeza está inmóvil, también mi dichoso cuerpo de mujer de 17.

Y, ¿sabéis qué? Ese verde soy yo.
Yo me encarcelo.
Yo me duelo.
Parece que el verde es mi color favorito y no dejo de ponermelo.

lunes, 13 de junio de 2016

A ti, mi fiera.

Sus brazos son frágiles llamadas de emergencia. Son esa especie de susurros amordazados que luchan por pasar desapercibidos.
Lo supe cuando me asomé por el extremo izquierdo de su cama y se abalanzó como si yo tuviese la cura de todo. No solo eso, como si yo pudiese erradicar hasta el hambre.

Me detengo en sus dedos. En esas rebeldes melodías que salen de sus dedos. De observarle frente al atril sintiendo un poco la vida.

Sus ojos son candelabros atestados de decepción y cierta pasión asomando.
Yo le miro y él me copia. Nos reímos para llenar la vacía estancia de algo más que frases monótonas y alguna mala contestación.

Su pelo reluce como el oro. Cuando se lo embadurna de champú porque la pereza no le ha robado su propio papel de actor tirillas. Ya me entiendes.
Bueno no, quizás no comprendas absolutamente nada. Puede que ni leas tales palabras.

Su sonrisilla brota sola a veces. Le hace sombra al fuego, al mar, al aire...
Me angustia que su cuerpo sea una falsa inocencia; que su imagen esté manchada de más experiencias negativas de la cuenta.

Y, de nuevo, dudo. Nunca recuerdo si tu cumpleaños es el 24 o el 25.

Todo gira demasiado rápido -irregular- en la mente de un niño de escasos diez años. Lo descubrí. A pesar de que el estrés y el enfado y la ira que, en ocasiones aflora por tu culpa, intente cegarme.

No soy demasiado pasional. Puede que poco paciente. Escribo para autoconcienciarme de todos los errores que cometemos los casi adultos. Que María comete contigo, fierecilla.
(Sí, soy casi adulta porque mi futuro es incierto de narices. ¿Te imaginas cuánto? Todo pende de una decisión, o quizás una decisión y otras tantas rectificadas. Todo pende de esa dedicación y esa entrega que no sé cosechar. No me juzgues.)

Lo supe cuando me asomé por el extremo izquierdo de su cama y vi que los niños también tienen tormentos. Prometo ser siempre camino por el que tus pies se deslicen.

miércoles, 20 de abril de 2016

Prisas.

Ayer la lluvia invadió con violencia las calles de Madrid. Hoy he conseguido otear alguna que otra gota y he sacado de la manga un verdusco paraguas sin gracia.
A mí, sin embargo, me invade el nerviosismo con la misma violencia con la que la borrasca se abría paso entre las aceras.

Soy inercia o un saco de nervios tan desaliñado que quemo.
No, no dejéis que la pasividad os atropelle. No confiéis en su mirada pura e inocente. A fin de cuentas es una víbora (y yo el blanco más fácil del siglo).

Escribir es palparte los boquetes con el dedo índice y escupir el tormento. En mi caso, claro.
Es salvavidas, pozo y tachones.

No pretendo nada. Son las palabras las que me buscan mientras yo intento concentrarme en mi maraña de quehaceres. Y siempre, siempre ganan. Chillan en mi tímpano que desean ser plasmadas; yo las lanzo contra el papel sin apenas pensar.
Lo recalco.
No lo busco.
Surge.
Hablo de la misma química que nace entre los dos típicos enamorados que se topan por primera vez en la acera más ruinosa.

No estoy sola. Podría construir una hilera de hojas que me abrigaran cuando la nada me propina patadas.

Y cuántas patadas. Y cuánta incertidumbre.

Mis miedos son aire.
No, aún no lo he aceptado.
Nunca empequeñecen.
Su único objetivo es reducir aún más mis limitaciones si es que existen.

Soy ese ser agobiado, cuyos ojos rastrean el suelo, que mueve los dedos con una rapidez desmesurada. Cayendo y cayendo y yendo a parar a ningún sitio. El corazón me da tumbos y el árbol de Navidad no está repleto de regalos brillantes. No hay árbol. Ni siquiera es Navidad. La Navidad solo me gusta por el roscón. No hay infancia. Tengo que tomar el rumbo de un barco y no sé dónde está el timón. En fin, cosas cotidianas.

Días que oscurecen en los que no has plantado cara a nada.

No lo pretendo. No lo busco. Esto no tiene mérito.

martes, 22 de marzo de 2016

Suerte y daños colaterales.

Pequeña, has amortiguado cada una de mis agrias caídas. Me dijiste con ojos de madre que todo pasaba, que no te ibas a ir. Has visto valentía en unas cuencas vacías. Te has amarrado a mis huesos rotos. Has encontrado un tesoro dentro de una silueta sin fondo. Aún no me sé tu truco. ¿Por qué ignoraste los daños colaterales? Entablar amistad con un campo de minas resulta peligroso.

Me quieres. Hago cómo que no me lo creo y mi cabeza vuela como si no existiesen lastres. Me lo repites. Agregas muchas más cosas. Me encanta oírlas. Asiento por inercia. Te digo que te quiero.

Se nos va la vida entre cervezas baratas.

Dime que a pesar de la fugacidad de las cosas vas a parar el tiempo. No quiero que los años asolen nuestra magia, que todo se convierta en un intento vano de algo.

Podemos. Siempre he creído en tus poderes. Más que en tus poderes, he creído en ti. En ocasiones te he obligado a ser la heroína que no podía ni con su capa. Mientras que yo era la loca que chillaba en un balcón incendiado que la vida se me iba.

Tacho esto. Quizás lo otro. Me contengo y no lo hago. Te lo digo. Te digo que soy un títere roto y teñido con extracto de amapolas. Una marioneta movida por las manos engañosas y hábiles de la demoledora rutina. Me dejo llevar y llevar y llevar. Mis brazos danzan como tiovivos y no sé adónde va a parar cada movimiento. No tengo ni el más remoto control sobre mí.
No te asustes.
Aún no.
Solo tú sabes cómo acariciar mi estela desmembrada.
Por favor.
Hoy también me siento como en casa.
Vengo con una lista de efectos secundarios como los aburridos prospectos.

Voy a agarrar yo también la capa para soplarte las heridas. Prometo revivir la magia siempre que el tiempo juegue en nuestra contra.

sábado, 20 de febrero de 2016

"Solo me queda la ceniza. Nada. Absuelto de las máscaras que he sido, seré en la muerte mi total olvido."-Jorge Luis Borges.

El escandaloso viento te paraliza el cuello. Rebates el uso de guantes y tus nudillos lloran sangre seca. El pelo se descoloca con rebeldía de su sitio. Te hundes en una monotonía trastornada, tangible y abrumadora. Existencia superflua. Cutre contingencia. Levantas una montaña de libretas estampadas y vírgenes. No encuentras un signo, una señal, tampoco un libro que te cautive. Se acumulan antologías de poemas sueltos. Libros de posguerra olvidados, angustiosos, solitarios.
Solitaria de ti. Qué bien se te da deslizarte entre las sábanas con los ojos cerrados y las venas marcadas. Qué bien se te da buscar en sitios que no albergan absolutamente nada. Eres indómita. No eres la lolita de papel de nadie.
Escribes por impulso. No buscas concordancia. Ni sentimiento. Ni sentido. No buscas nada.
La vida es la marea que arrastra todo lo que un día creíste tuyo. Pero no, nada te pertenece, cielo mío. Parece acercarse pero es independiente, gira en diferentes radios y no te necesita, no te necesita, no. Te necesitas tú, más que nunca.
Andas a deshora, el aire está contaminado y la nicotina te arrastra. Te pierden curvas que parecen lejanas. O peor, te pierden curvas que son imposibles. Imposibles, imposibles. Sigues sin aceptarlo. Te quedas en segundo plano en la propia historia que te inventas.
El tiempo se muere entre tus dedos, qué novedad. Tiene la enfermedad irreversible de expirar. Enfermo y calculador. Te concede lo que le parece conveniente y te acaba arrebatando todo. La marea conduce mar adentro todo menos los complejos, en resumen. Has de saberlo.
Qué vas a saber de amor. Si miras a las parejas con mirada incisiva. Si huyes de cualquiera que se te acerca con intenciones de quitarte todo menos los miedos. Si solo te declaraste una vez y el resultado fue nefasto. Y te quedaste en medio de la acera con una nota perfumada con el "no" rodeado y las ganas apaleadas.

martes, 9 de febrero de 2016

Me rebelo contra.

¿Quién no se cansa de este mundo tan estúpido?
La polución destroza los pulmones, pero respirar violencia nos hace bárbaros.
Que no. Que no quiero.
No quiero ir paseando y encontrarme a un hombre en la basura con las cuencas vacías y el estómago intacto.
Ni ver cómo una familia tiene que agenciarse un salario mínimo interprofesional de mierda para todo el mes.
Los estudios son sinónimo de rivalidad y se tiran por la borda los valores. No se educa, se esparce teoría como si fuesemos gallinas hambrientas.
Y me niego.
Me niego a ver en las noticias que un niño ha ahorcado su último resquicio de vida porque no soportaba ir al colegio.
Me niego a que se reproche a las víctimas y no se enseñe al agresor. A que se exija a las víctimas qué deben o no hacer para que "no salgan mal paradas."
Me niego a ver cómo los insultos sobre el peso terminan con jóvenes postrados en la cama de un hospital. Con jóvenes que se tocan la campanilla con los dedos y lloran al ver su reflejo en el espejo.
Me niego a que dos gays no puedan besarse apasionadamente en el metro sin que venga el estúpido de turno a berrear incoherencias. Y peor; que ese estúpido de turno sea el padre que lleva a sus hijos a los toros, porque claro, es mejor ver como la silueta oscura de un animal, que debería estar en el campo, chorrea ríos de sangre. Porque es maravilloso humillar a un toro hasta matarlo con gritos de admiración, y calificarlo como "tradición".
Me niego a ver cómo los políticos se limpian los mocos con los intereses de la ciudadanía. Es asqueroso ver cómo disparan ofensas contra partidos ajenos y se remolonean de que la situación va a cambiar. 'Va a cambiar', la perífrasis más populista y asquerosa de todos los tiempos.
Las agresiones xenófobas. El duelo macabro de los inmigrantes que mueren ahogados en el mar de los horrores. La acción macabra del terrorismo. El matar por matar. El robar a alguien lo más grande que tiene por puro chollo. Usurpar la vida de cualquiera porque eres un patético y bestia kamikaze.
Me dijeron hace unos días que había más de treinta guerras iniciadas. Y es maravilloso como los medios de comunicación maquillan la realidad y cuentan solo lo que les parece conveniente. Sin olvidar la de vueltas que da la prensa rosa a la misma novedad de siempre, que me importa un bledo.
Odio que las mujeres sean tratadas como objetos sexuales. Las violaciones y que un "no" sea derribado fácilmente. Que hundan en tu blanco cuerpo unas garras de depredador descarado. Ser humillado y que el peso del mundo te ahorque.
No poder salirse de lo que se considera "lo apropiado" para no ser la diana de cuchicheos de copias baratas e ignorantes.
Odio que menguen vidas, derrotadas por el hambre. Que menguen vidas porque una enfermedad carcome cuerpos rendidos
    y nadie facilita una vacuna.
Podría seguir odiando durante siglos todo lo que empaña el progreso.
Odio, además, que se rompan libros. Que no sepáis nada de literatura y critiquéis hasta las comas de una obra magistral; y mucho más interesante que toda vuestra vida junta.
En fin. Me encantaría que fuesemos más humanos. Solo eso.

domingo, 17 de enero de 2016

Estupidez.

Como el perro que mira al dueño esperando una respuesta.
Como el dueño que troncha el interruptor de la luz, y es aún más miserable que el perro.

Como el sueño cuando gobierna las habilidades.

Como la necesidad constante de que me vistan de amor propio.

Manifestaciones, comida desperdiciada, egoísmo, miedo, país oxidado.

El poco arriesgar y hablar de más. Llenar el aire de banalidades para evitar que el silencio suene a estruendo.

Confesarse, desmantelar tu coraza y escupir debilidades, y alguna víscera, en manos ajenas.

Bailes, goce necesario, faldas cortas, bares repletos, éxtasis muerto.

Que te digan que eres genial, maravillosa, fantástica. Que prometan hasta la saciedad, dejando a la puerta sin llaves.

Otra despedida.
Espera, que me caliento otro café y hago como que me importa.

Relojes, prisas, política, modas, porros.

Concienciarse de que si, por un casual, eres añicos, nadie sabrá incubar de ganas tu frío.

Rutina que carcome. Miradas desinteresadas, malvados murmullos. Mensajes en cadena de WhatsApp y la tabarra de los despertadores.

Un brindis por lo que nunca será.

Tintes tóxicos, barras de labios, zapatillas caras.
El gilipollas que te toca el culo en el metro sin consentimiento.

Literatura, joder. Quién necesita musas si Ella te arropa los pies. Si te enseña que la crudeza puede emebellecerse, que todos somos un poco ruinas.

Ruinas. Soy el violín sin cuerdas. Ruinas. La dependencia de un drogadicto. Soy oscuridad y, como siempre, ecuaciones que nadie quiere entender.

Opresión, sexo, consumismo, miedo, tiroteos. La pandemia de la ignorancia.

Sentirte frágil, insignificante, flor.
Fuerte, poderosa, enredadera.

Abarcarlo todo es imposible.
Me pido otro brindis aunque no tenga un motivo para brindar.

lunes, 11 de enero de 2016

(...)

Supuestamente naces, creces, te reproduces y mueres.
Creo, sin embargo, que naces, matas el rato, los complejos te ahorcan y el tiempo te hace polvo.

No naces para corregir todos tus defectos.
No naces para ser un ejemplo (o para ser cómo a otros se les antoja).
No naces para torturar cada parte de tu cuerpo.

Naces para intentar ser.
¿Me oyes?
El canal me vacila.
El reto está servido.

Que comience la batalla de respirar. Cómo solo te dediques a repartir tu munición, y no la uses, estás muerta. Aún no lo sabías. Qué buena eras. Qué bien saben aplastar la inocencia mientras clavan los dientes.

Los miedos son los primeros en coger las velitas de cada uno de tus entierros. Te mueres cada dos por tres. Necesitas reiniciarte lento, pequeña. Tan lento como las margaritas se deshojan solas.

/Hago un inciso./
Si es un fulano que dice que me querrá hasta que el ramo de flores se marchite en mis manos, y una es de plástico... Dile que se vaya.
No quiero flores. Quiero que los miedos se mueran de vergüenza porque les han desnudado el coraje. A tomar por culo las velas.

A veces crees en el amor y te estudias su prospecto sin leer la letra pequeña. Muy común.

Solo te salvan unas manos. Solo alguien soporta el peso de tus emociones pasajeras.

Estás más guapa cuando te da todo igual y bailas como si se fuera a despedazar el mundo.

El papel te acobarda. Te inyectas poesía.

Sigue bailando.

sábado, 2 de enero de 2016

Bloqueo.

La que baila mal en los bares y no vende sus ganas a cualquiera.
Yo.
Soy la melancolía de un pañuelo de despedidas y potencia en los ventrículos.
¿Quién sino?
La pereza de los lunes y el dolor de pies de los sábados.
Soy hiato y prosa mala.
Ma-rí-a.
Encantadora y perdona-vidas según mi padre.
Maremoto de palabras varias. 
Vorágine.

¿Tiempo al tiempo? Que le jodan a eso. Los minutos se me escapan como el agua entre los dedos. Me niego a cederle más leña al fuego. Total, nos acabamos quemando.

Solo queda tantear en vagos cuerpos algo que no existe. Solo queda intentar (ser) en brazos agarrotados de deseo.

Solo queda dejarme caer en las esquinas. Llenar los vasos un poquito más de la cuenta. Ponerme el carmín más rojo. Masticar los chicles a deshora. Esquivar como una víbora.

Decir que soy mía y no de nadie. Pero que solo con un cuerpo haría una sinfonía (desafinada).

Ya está la angustia llamando a la puerta. El desamparo inunda con egoísmo todo mi cuerpo.

Poseer no es la palabra. Sentir es lo que quiero.

¿Quién sino?