martes, 15 de agosto de 2017

Soliloquio I

No sé muy bien qué decir. No confío mucho en mis habilidades, por desgracia. Recalco que esto no es para captar la benevolencia de mi público inexistente antes de empezar el discurso.

Creo que los pensamientos insanos son muy diestros y se escapan de la caja que les contiene para trepar por cada territorio vetado. No cabe duda de que son enredaderas que te oprimen la faringe, la laringe, el pecho, la cabeza o incluso el estómago.
No, no sé ni de biología ni de inteligencia emocional para principiantes. Puedo justificar mi respuesta: soy de letras y bebo de dos macabros sentimientos; la apatía y el interés desbordante. O, lo que es lo mismo, la desaliñada indiferencia y las ilusiones contraproducentes.

A veces, no entiendo ni soporto nada y doy a luz al odio. Sin embargo, no todo es tan dramático como parece. Resulta que estoy tocando el amor con los dedos y aún no me acostumbro a su meloso tacto. Lo confieso.

Soy feliz, sí, pero, alguna que otra vez, mi cuerpo no es vehículo sino rejas y me horroriza que me abandonen. Que me miren y solo vean una hilera de defectos saliendo a la luz como una verbena de mal gusto. O  como si cualquiera pudiese hacerme un chequeo rotundo para acceder a todo lo que me callo. Es reencarnarse en una gota de agua transparente y pura que todo lo refleja y nada guarda.

Ya leí un día que dejarte querer es dar al resto numerosos recursos para hacerte daño. Deberían, simplemente, no usarlos.

No creáis que le temo al amor o al daño que me pueda causar. Ya deseaba con todo mi alma sentir la paz de dos cuerpos sincronizados.

lunes, 23 de enero de 2017

Espontaneidad descarada.

No vais a ser vosotros los que...
A ver, no, no me vais a encasquetar un yugo de imposiciones que no me representan.
No voy a limar los vértices de mi molde hasta que su forma varíe. Ni os obsequiaré con ese proceso de metamorfosis.
No voy a seguirle el juego a víboras que tratan de encaramarse a hombros ajenos para subir, así, despacito, a tus sesos.
Que no.
Que no es mi culpa que no tengáis unas mejores vistas, ni vida, ni un proyecto de vida, ni nada que se le parezca.
Me quiero libre, me quiero entera y me quiero mía.
Prefiero no ser partícipe de sornas injustificadas, críticas, ignorancia y cuchicheos que apestan a jugos gástricos. Algunos sois una especie de bucle de cosas que dan pereza y que no me preocupo por descifrar. Pertenecéis a círculos de cromañones, de hedor tradicionalista, de mentes con polvo y sin flujo sanguíneo.

Hoy me he acordado de Isabel. Cuando miro a la mamá de mi madre a los ojos ya no sabe cómo me llamo, ya no distingue si soy su nieta o su madre. Si me zambullo en su pupila me angustia que la flor de la vida haya abandonado su delicado cuerpo seco.
Está encerrada en cuatro paredes de locura y gritos que no reivindican absolutamente nada, inútiles y sucesivos, quien entra ahí ya no sale, creo.
La mamá de mi madre es el claro ejemplo de vida antivital, de respiración sostenida, de lamento y ahorro de billetes, de dolor de manos porque "mira cuánto he trabajado construyendo nuestra casa", de rulos para el pelo. A veces ella miraba la parra y veía el polvo enamorado de mi abuelo. Creo que incluso se quería ir con él.

No sé por qué te dediqué unas líneas de Ernesto Sabato mientras mentías.
No logro entender...
Yo soy mía, ¿no? ¿Por qué te dediqué unas líneas que representan a la posesión pura y dura de personas? A la pertenencia más allá de los pensamientos, a no dejar respirar, a asfixiar.

Soy yo, mía, María, entera, libre. No queda claro si nieta o madre.
Paso de leer ese libro, no me llames.