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Amar a alguien con todas tus fuerzas y que te destroce debe ser como que el propio DiCaprio te hunda el barco del alma
   (y te ahogues, y ni por asomo te salve). Convertirte en el hielo del iceberg próximo al naufragio.
¿Es eso? No sé de amores.

Me he colocado la coraza más maravillosa del catálogo de instrumentos que protegan la autoestima (por si alguien lo dudaba). ¡Y que bien se está!

Confieso que me gustaría que se sentara un individuo delante de mí en el tren, me mirara y escribiera. Que no cite las malditas ruinas de Roma ni Venecia en tus ojos. Es mejor ese naufragio al que yo he llamado amor y que te salgan corrientes de agua de unas cuencas (por sobredosis de razones o nulas) al romperte.

Y qué.

Cariño, siempre nos quedará Madrid.
Las bocas de metro a falta de bocas,
   los bares de La Latina,
         los cruces en rojo.
Nos quedará Madrid y sus calles, sea o no un miércoles apestoso. Aún lloviendo sobre seco tropecientas veces y aunque la lluvia acabe calando hasta las rodillas. Ven a ver toda mi colección de paraguas desmembrados con las varillas hechas pedazos.

Y,
os confieso otra cosa,
dejo ya de escribir porque me estoy empapando (mi paraguas está medio roto, obvio).

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