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Soliloquio I

No sé muy bien qué decir. No confío mucho en mis habilidades, por desgracia. Recalco que esto no es para captar la benevolencia de mi público inexistente antes de empezar el discurso.

Creo que los pensamientos insanos son muy diestros y se escapan de la caja que los contiene para trepar por cada territorio vetado. No cabe duda de que son enredaderas que te oprimen la faringe, la laringe, el pecho, la cabeza o incluso el estómago.
No, no sé ni de biología ni de inteligencia emocional para principiantes. Puedo justificar mi respuesta: soy de letras y bebo de dos macabros sentimientos; la apatía y el interés desbordante. O, lo que es lo mismo, la desaliñada indiferencia y las ilusiones contraproducentes.

A veces, no entiendo ni soporto nada y doy a luz al odio. Sin embargo, no todo es tan dramático como parece. Resulta que estoy tocando el amor con los dedos y aún no me acostumbro a su meloso tacto. Lo confieso.

Soy feliz, sí, pero, alguna que otra vez, mi cuerpo no es vehículo sino rejas y me horroriza que me abandonen. Que me miren y solo vean una hilera de defectos saliendo a la luz como una verbena de mal gusto. O  como si cualquiera pudiese hacerme un chequeo rotundo para acceder a todo lo que me callo. Es reencarnarse en una gota de agua transparente y pura que todo lo refleja y nada guarda.

Ya leí un día que dejarte querer es dar al resto numerosos recursos para hacerte daño. Deberían, simplemente, no usarlos.

No creáis que le temo al amor o al daño que me pueda causar. Ya deseaba con todo mi alma sentir la paz de dos cuerpos sincronizados.

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