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El perdón

Érase una vez la historia de un perdón.

Elaboré yo misma un bálsamo con el que despojarme de la frustración. Creo zambullirme en él para alejar de mi alma los desenlaces fatales.

Por la espina dorsal asciende un rayo que enmudece mis sentidos y me perdona. No es misticismo. Conecto con la piel que recubre el hueso -mi hueso- y no soy tan ajena. Repaso mi silueta en el espejo y todas mis partes entran en comunión en una trinchera sin armas. No corren ríos de sangre. Desaparecen las hojas afiladas.

En la historia de un perdón, tu agarre ya no me domina porque te arrebato el poder que crees tener. Y me doy cuenta de que somos iguales. Tú, yo y cualquiera. Si te dejo escalar, solo tratas de acariciar tu inexplicable ambición en la cima del pedestal. Pero aunque lo logres -aunque tu utopía parezca materializarse en mi cuerpo- está en mí mirarte de frente y no a los tobillos. No eres nada de eso. Se diluye tu autoridad en el momento en el que no acato ninguna de tus estúpidas reglas.

Ya no cabe en mí más culpa. Mi pulcra inocencia ahora es sabia. No corro a socorrer lo que yo no he herido si solo me dedicas una ristra de desplantes.
No cabe en mí la eterna espera de la salvación, los buenos tiempos, la caricia lejana y los reconfortantes brazos.

Me he perdonado. Crecen flores en mi suelo, yermo como una playa.

No hay mayor valentía que la de reconstruirse con la dedicación que solo tú puedes regalarte. Mayor valentía que acercarse a la esencia que siempre ha parecido difusa e inalcanzable.

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