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Traumas de la infancia.

La niña que odia septiembre
tiene los ojos rasgados,
ojeras desbocadas,
una nariz que respira tóxico
y unos pulmones anticuados.

Unos oídos llamados Ruido
que darían por Silencio
cuarenta orgasmos
en una noche de nostalgia.

Una boca que rompe
el hielo de los ascensores (claustrofóbicos)
derritiendolo con la lengua.

Un pelo con mechas marchitas
que quieren ser esa nube
en la que interpretar quinientas tres formas.
    De corazones a unicornios pasando por leones de escaparate.

Huesos punzantes.
   El corazón en el puño, destripado.
   Cosido mientras se destripa.

Lunares que se resumen en lujuria
para quien cuenta de diez en diez
y llena de cálculo mental
hasta sus calcetines.

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No sé si la ocasión lo merece.
La tinta abriga mis letras. He elegido que así sea usando bolis Bic ajenos y un bloc de notas destartalado.
Cuanto más esperas a que llegue la ocasión perfecta, más oportunidades desaprovechas.

Lo único que sé
es que quiero que mis días
pasen como sinfonías,
que limpie la lluvia
en vez de hacer rebosar.

Me estoy desviando. Odio desnudar mi alma en exceso y, sin embargo, acostumbro a poner todo lo que soy en bandeja a punto de sal. Romper la doctrina del introvertido. Ser directa es sinónimo de quedarme en bragas roídas en pleno otoño. Me siento ligera pero paso frío. Bueno, ligera relativamente. Escribir es como vomitar parrafadas y no quedarte nunca satisfecho. La enfermedad incurable de un inconformismo que se expande como virus terminales. La destrucción viene asegurada en el catálogo.

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A lo mejor a la tercera va la vencida. O gasto el infinito en vano.

Tengo causas concretas por las que odiar septiembre. Es imposible elaborar un diagnóstico sin inspeccionar al enfermo. Tirar de la costra. Rascar la hemorragia. Llorar alcohol concentrado y secarte con gasas el drama.

Hospedo cierta incomodidad en el pecho. No le teme al invierno ni a fieros tranvías. Si aparece, me recorre. Mi incomodidad huele a septiembre.
Me acoplaba al asiento del coche con el estómago vacío. El aire se llenaba del tono dramático de las noticias de radio. Odioso. Mi garganta era una daga que acuchillaba. Odioso. Mis pies jugaban a la danza del temblor. Mochila cerca. Odioso. Muy odioso. Traumas de la infancia como dice Albert Espinosa.
Si me asusto, septiembre me atraca la garganta. Me pisa las punteras de los tacones en medio del baile.
Si quiero estar aquí y allí, septiembre activa la incomodidad y me atraca. Otra vez.

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