viernes, 15 de julio de 2016

Si decides marcharte.

"moi je t'offrirai des perles de pluie venues de pays où il ne pleut pas//yo te ofreceré perlas de lluvia llegadas del país donde no llueve."-Jacques Brel.

Si algún día decides marcharte, sé concisa. No te enamores de conjeturas módicas. Simple y llanamente pon tu mirada de alerta en mis pupilas caramelo. Acto seguido, pronuncia todo lo que no me gusta ni un pelo imaginar.
Me desarmaré, seguro, y te pediré ochenta justificaciones. Más que aclarar, pretendo que calmen, en vano, mi agitada marea. Todas esas idas y venidas de ideas furiosas que creas de forma tan tristemente sencilla.

No sé si esto es un escrito o un manual de instrucciones de pacotilla.

Si recapacito un poco, te comprendo. Si te imagino es libre, solo libre. ¿Lo captas? No te obligo a quedarte conmigo, te obligo a que nadie te corte a navajazos el vuelo. Hay tanto cielo que aún no conoces  que no puede congelarte el miedo a las alturas. Y cuando digo que no conoces, significa que no tenemos ni idea, así, en plural. Nunca hemos excedido los límites del firmamento que nos imponen y es algo que odio.

Sería una pena que enjaulasen tus ganas. Necesito verte en la lejanía del paisaje aunque ya no me eches en falta. Quiero comprobar que, por una vez, me has hecho caso.

Dibuja un idealizado punto y final a nuestra relación sin cuajar si eso te reconforta. No soy tan bruja como para evitarlo.

Si ya está todo dicho, puntualizo: si ya hemos intercambiado todas las palabras posibles, trazalo.
Podría inventarme un nuevo lenguaje que solo tú y yo entendamos. No quiero que la monotonía nuestra y desdichada se anude a tu cuello y te duela. Mi dedo se perderá entonces por tu tersa piel intentando reparar daños. Como siempre. Y me sentiré la mar de culpable, como siempre.

No voy a atarte. No voy a poseerte. Ni tampoco voy a tener envidia cuando se pierdan en tus ojos (mejor de lo que mi dedo se hundía) con caras de tontos.

Si algún día decides marcharte, sé concisa. No te vayas por las ramas como yo cada vez que intento ponerme seria. Simple y llanamente te quiero, aún si estás exenta de mí.

viernes, 1 de julio de 2016

El verde es oscuro.

Si no te van a estallar hasta los ventrículos de tanto quererme, no quiero que me quieras. Para eso yo ya sola me quiero. A medias, claro. Con esa especie de puntería distorsionada que nunca te permite acertar.   Y, aún así, lo intentas.

Me frustra no poder describir la lentitud con la que el curso de las cosas está arrasando cualquier resquicio de luz con vistas a un futuro placentero (que hace tiempo que evito con todas mis fuerzas).

Tengo miedo.
Mis pies se convierten en esas raíces que van a parar al suelo y acidifican el terreno. Nacen hojas por mis piernas; se eleva esa prometedora enredadera que el jardinero mira con júbilo atragantándose con su vano mérito. Se retuerce por mis caderas con una fuerza atroz, la respiración se atrinchera en mis pulmones, mi frágil piel se viste de morado.
Me doy cuenta de que cada vez estoy más verde y más anclada en algo que detesto. Recibo numerosos estímulos exteriores que me desagradan de sobremanera. Quiero huir, decido huir, me ahogo, no puedo. Estoy varada en un entorno esperpéntico. Entonces las ramas se atan a mis pechos y me arañan, crujen, borbotea la sangre como en el cine.
Voy a posponer lo de llorar porque sino riego las raíces, el suelo, el terreno acidificado del entorno grotesco. Quiero que se pudra este inesperado y doloroso verde y ser libre, calzar unas alas aunque me queden dos tallas grande.
Soy como el peso de la conciencia del que mata estando sonámbulo y cuando abre los ojos se topa con la muerte disfrazada de tragedia.
Es ridícula la situación.
Los estímulos no cesan, me duele el alma, no hay pastillas, solo un verde que me arruina. No me explico qué me está echando a perder, no lo entiendo, no comprendo la desgracia.
Mi cabeza se queda petrificada mirando a un punto inexacto e igual de cutre que todo lo anterior.
No voy a llorar, no voy a regar, me da pereza regar, yo nunca riego, poco lloro. Ya no solo mi cabeza está inmóvil, también mi dichoso cuerpo de mujer de 17.

Y, ¿sabéis qué? Ese verde soy yo.
Yo me encarcelo.
Yo me duelo.
Parece que el verde es mi color favorito y no dejo de ponermelo.