domingo, 21 de junio de 2015

Adiós.

Aborrezco esas despedidas
sin tiempo
para decir algo más que un "hasta luego".

Cuatro sílabas
que acaban significando un punto y final,
tiran el tiempo invertido por la borda
y esconden las manos.
Colocan el amor caducado
en un paréntesis
que no se deshace ni a golpes.
No te devuelven lo vivido.
Matizo;
te roban lo vivido
y elaboran esculturas de recuerdos.

Da igual
que tengas agallas suficientes
cómo para sermonear al cielo.
O que rabies
porque echas en falta abrazos pasados
sin que los ahogue el destino en una bañera.

Podemos arrancar flores,
quemar papeles de colores,
reventar cristales
y echar un duelo
a lo que deseas que sea y no es.
Lo que cuesta es ganar.

lunes, 15 de junio de 2015

Líos multiplicativos.

Quiero acariciarte el pelo mientras te digo que la vida podría ser menos puta si mi cuerpo roza el tuyo. Desgastarte la piel y los miedos. Que los zarandeos me permitan hacer una instantánea rápida de Pisa en tu cama. Anidar en tu pecho como un pájaro indefenso al que se le renuevan las alas con el traqueteo de tus latidos. Frío en la calle, nuestro empeño en una mágica combustión. Tirar la manta por la ventana y ver en bragas cómo se luce la Luna esa noche. O más bien, cómo lo intenta.
Su brillo triplicado no supera tu figura despeinada impregnada de sudor.
Ni cuadriplicado
ni quintuplicado
ni sextuplicado.
Y no sé cómo es con el número siete.
                Aún así,
                              hazte a la idea.

viernes, 12 de junio de 2015

Matrioskas.

"Odian la flecha sin cuerpo,
el pañuelo exacto de la despedida."-Federico García Lorca.

Es una ciudad vacía con cientos de ojos que miran.
No es de mi gusto.
Prosigo.
Una ciudad cálidamente oscura y oscuramente cálida.
Te piden mientras rebanan. Comparten; idolatrando su tendencia al engaño.
Ofrecen chollos con marketing agresivo, y lujos, no sin su pago a plazos.

De contoneos de víboras y ruidos de tacones de fiesta en el asfalto. Son usuales los jóvenes deportistas que buscan chismes en sus bolsas sacando la lengua.

De parques oscuros con ochentonas cotillas.

Contenedores con olor a flores muertas y muertos de hambre buscando en la basura.

Una ciudad con cortinas de marinero y terrazas encarceladas.

Banderas al viento y un incesante capitalismo manchando de necesidad lo innecesario.

Sin cirujanos que trasplanten nuevos y airados biorritmos.

¡Que no falten los soldados marchitos alineados en filas antes de que desemboque la contienda!

Árboles con troncos vivos y ramas desfallecidas por el olor a penuria...

 Qué os voy a contar.

Me ahoga la multitud.
Salir por el este con la determinación de no volver, entrar por el oeste otra vez.

Los problemas son como Matrioskas de alquitrán. Una dentro de otra. La causa inconcebible, otra de soberano talle, -mira la de más allá-.

Me sigo ahogando.

El vecino comenta lo eficaz que sería una máscara de oxígeno de avión para mis pulmones desérticos. Sus días discurren a trompicones. Se convirtió en un espíritu independiente y la alianza  ya no le ataba a un Monte de Venus de apellido Jiménez. Sus ganas de querer son aire. Un aire de junio que, peculiarmente, nunca abandona las estancias.

Un dietista soltando un discursito en la 1, las páginas amarillas, citas del dentista, ocho mensajes en el contestador.
Basta.
*Suena otro WhatsApp*. Es de un grupo
-como no-  y mi Etna revienta.

La paciencia no deriva de ápices rotos.
A la fortaleza la compré de segunda mano. Por eso se desmorona y me pide que agregue hilos plateados de flaquezas a las camisas. Su argumento es que todo se cae aunque no suene a daño, que no es invencible. Y asiento por pereza.

Voy a optar por Beethoven para que evacue el cieno del drama de mi cuarto. La Moonlight Sonata me da trozos de vida sin cobrarme intereses. Y eso que no sé de música clásica, y de economía... digamos que lo justo.

Una vez leí o escuché (¡quien sabe!) sobre un hombre que ideó una melodía ante un repetitivo sonido que martilleaba su cabeza. Es impecable mezclar lo desesperante con porciones de música rebelde y libre. Una especie de batiburrillo ideal.
Exijo la fórmula secreta. Conocer el nombre de la costa dónde un faro cualquiera le iluminó las entrañas.

Las notas fluyen como aves.
El elegante piano de cola no se mueve ni medio centímetro.
Y yo
no paro de moverme
y no fluyo.
Me estanco en el chapapote de la indecisión.

miércoles, 3 de junio de 2015

Esto no es un manual de supervivencia.

Noches cerradas
de estrellas curiosas
farolas apagadas
ruido omitido.

Noches de querer más de la cuenta
analgésicos baratos
cigarros vacíos
y hondos vasos.

Noches cerradas
sin preludios
de besos
y muelles de cama.

Noches de redactar
sumar cargas
y atar lastres
a mi tobillo izquierdo.

Noches de llorar dulce
de no colorear galaxias
en espaldas ajenas
con el dedo acusatorio.

Noches cerradas
de no querer guarro
compartir vigilias
o saltarte todas las misas
de los domingos.

Noches en las que
no se corona un clímax
ni sientes como la adrenalina de querer
añicos hace los tangas de encaje.

Noches de soledad plena
con la melancolía insertada
en la medianoche y sus brujas.

Ya sabes, de analgésicos, cigarros, vasos y todas esas vainas
          (y sin).
           Sin no sé.

La noche,
la latosa noche cerrada
se abre como una carpa, y miro, agudizo los ojos canela, los pego a la ventana, busco vida en la oscuridad. Extremos. Que poder creo tener de repente para excluir la agonía del 'y veinte' de las doce.

Los cuentos nos tendrían que haber enseñado que escasean héroes y heroínas que te pongan la vida patas arriba-heroína en el buen sentido de la palabra, los horarios infantiles son eternos-.
Está en uno mismo salvarse
o echarse a perder.
Quizá lo mejor sea un poco de cada, así las balanzas equilibradas se sienten satisfechas.

Los recuerdos han empapelado paredes enteras. Apenas hay resquicios sin decorar, otras veces contribuyo a que tanto papel acabe pisoteado en el frágil parquet.
Las palabras, las personas, los actos y todo el repertorio de pandemias son formas confirmadas de perder un poquito más la cabeza (potencialmente, surtiendo efecto). Ya sabéis. Como quien tira una flecha y a la primera destroza una cutre diana.

Destaco que esto no es un manual de supervivencia de los Jóvenes Castores. No sé de poleas, tigres despampanantes o cocina en bosques asalvajados. Buscad otra sección. Un cambio de tercio.

Dentro de lo hondo
la espera se ha cansado de esperar utopías.
Su única ocurrencia ha sido taponar con madejas de desesperación la puerta de un ánima loca. Se bebe los cafés de tres en tres mientras se queja del calor bajo quince mantas. Le van las situaciones límite.
A ver quien tiene agallas de desentaponar un alma taponada con la espera de tapón. Ahora leyendo prensa rosa con un bate de casi medio metro.
Cuidadito con ella.
No hay valientes en la costa,
me lo esperaba.

Tanta confesión me desagrada.
Me niego a ser un libro abierto con renglones torcidos atestados de banalidades. 

El último diagnóstico de mi oquedad repleta de estupidez es que escribiendo me transfundo sangre. Así me relleno de rojo pasión y deshecho pintalabios de colección.
Al terminar
-y aquí viene la gracia-
exaltan que no es de mi grupo sanguíneo
   y está acabando conmigo. Y me vicio aún más a las letras. Y borro las señas de mis andares para que suene a plácida muerte.

Mis pies son tierra otra vez. Qué fastidio.