jueves, 26 de marzo de 2015

Ninguna bruja me ha enseñado nada.

He aprendido
que el pasado es como un puerto
y nosotros barcos
que acaban amarrados.

Todo finaliza
en una mayor o menor dosis
de soledad agria.

Arrastro palabras
intentando pulverizarlas
y reviven como esquejes muertos.

La música es capaz de tocar el alma
con un dedo
como si fuera un arpa,
y por eso la pongo alta
a ver si con tanto toqueteo
quita el hielo
de mi ventrículo izquierdo.

Y
he aprendido
que no se llega tarde
si no te están esperando.

No hay parámetros
que definan la locura
pero existen parámetros del sonido
que dan incoherencia al asunto.

De cita a ciegas con el inconformismo,
asxifia cualquier centímetro
de mis tierras no prometidas.

Me quiebra no entender
y por no entender no entiendo
ni a políticos
ni a sectas
ni a jodidos kamikazes.
Al reflexionar
ciegan mis entrañas las injusticias,
y claro, me pongo a chillar.
O escribo.

Debería asimilar
que a boca cerrada o puño abierto no entran moscas
pero sí inyecciones de remordimientos.
Y no sé que es peor.
Creo que prefiero tragarme moscas.

sábado, 21 de marzo de 2015

Dorsal nº135.

Puede que los días se me repitan casi tanto como la cena de Nochevieja. 

El cielo está envuelto en un vestido de gala gris. 

Y yo estoy gris. 
Y brillo como si fuera metálica. 
Es el color de la poca resolución, define el todo o la nada, no sé. Otro 'no sé' más para la lista de 'no sé's'. Me he quedado atrapada en unos versos de Benedetti y añoro lo que me cuesta tratar si llega. 

Me pregunto si no pensaron con antelación que al darme un trozo de vida lo condenaría al caos. Si no pensaron que mi mejor sonido es el silencio y mis mejores actos los que no pretenden nada. Nado para escapar y la corriente me devuelve a mí misma. Me pregunto si no pensaron en ponerme el alma en el estómago. Me sigo preguntando si no se preguntaron el por qué de tener el cuerpo presente y la cabeza en las nubes. Qué paranoico.


Me voy a tomar una pastilla para ver si amaina el pensar. 

Otra por si la soledad no afloja el ritmo. 

No quiero conjugar con nadie el verbo amar si voy a acabar aún más perdida en un pluscuamperfecto.


El ¨paren esto que me bajo¨ dura dos cuartos de hora, los dos restantes sirven para volver en sí como quién despierta de un coma y se salta todas las comas sin importarle. El folio se llena de letras a las que le faltan dos primaveras como mínimo, pero las acepta porque es su labor, mi prisionero, el esclavo de los desastres hechos palabras. 


Digamos que soy el dorsal 135. Mis imperdibles están oxidados y me paro en cualquier esquina si me entra sed. Soy ese tipo de dorsal que acaba en otra calle para evitar la carrera y sus sacrificios y que vuelve a correr para que no sea su mente la que le sacrifique por cobarde. 

jueves, 5 de marzo de 2015

Sin rumbo fijo.

¿Qué es de una primavera sin flores? ¿O de una pistola sin balas? ¿Qué es del sexo sin besos? Todo está patas arriba como de costumbre. Un libro en blanco. Un ángel sin alas o más bien un ángel con las alas cortadas. ¿Qué es del frío sin una manta? Un alcohólico sin su botella. ¿Qué es?
                       Ya no más,
                (o tal vez sí).
Se avecina el golpe del siglo y el gotelé blanco se hace el loco. Las salidas de emergencia dando la nota y ni un pentagrama. Le tapan la vista y anda obligado por la cuerda floja sin rumbo. Las penas vienen y van; algunas se las lleva el viento, a otras les da por quedarse incrustadas a la espalda. Tantas sensaciones metidas en las rendijas del alma que mejor que de ahí no salgan. Necesito un amor a fuego lento como Marwan.
Cuantas corazonadas y la coraza de catálogo haciéndose de rogar. 

Este es el vigésimo invierno.

domingo, 1 de marzo de 2015

Punto y seguido.

¿Y mi corazón? ¿Dónde se ha metido? Me ha abandonado, no me lo puedo creer. Seguro que en cualquier lugar se está mejor que con la sangre de un cuerpo medio vivo intimidando. Un momento, noto algo. Me parece que en su lugar hay un temporizador con uno de esos colores estrafalarios. Me reconforta que algo suene en mí a falta de melodías de mis cuerdas vocales tiesas. Al igual que los órganos. Arañan porque odian el objeto sonoro. Preferiría sangrar por las uñas afiladas de un gato. Esa especie de arañazo inesperado que te afirma que no eres consecuente. Quiero abrazos o gallos cantando y solo hay alarmas hasta en los días no lectivos. Y no voy a buscar amores que despedacen y son pintados de revista.
Vivir deja secuelas, hacerlo sin saber el doble. Es lógico que cada uno enloquezca, viva y muera a su manera. Pero, ¿y si no se encuentra la forma de vivir o de enloquecer? ¿Uno se está muriendo? Seguro que no, será un estado de stand by o de reinicio lento. Quizá lo que cuesta es encontrar la tecla de encender con los ojos tapados y hay que palpar en la maraña de desesperanza.
Las palabras se juntan solas y me da miedo destrozar frases. Creo que no tengo nada que decir y no paro. Los extremos no son buenos.
Si tuviera que hablar sobre mis sentimientos
la
    hoja
            se
              quedaría
                           en
                                blanco
                                                      y
                                                yo
                                          con
                                    mi
                            vacío.
Si engañáis a un folio tenéis un problema.
Ah sí, que ya es marzo y no el noviembre siempre triste de la canción. La diferencia es que a mí nadie me propone guerra. Y mejor.