lunes, 23 de enero de 2017

Espontaneidad descarada.

No vais a ser vosotros los que...
A ver, no, no me vais a encasquetar un yugo de imposiciones que no me representan.
No voy a limar los vértices de mi molde hasta que su forma varíe. Ni os obsequiaré con ese proceso de metamorfosis.
No voy a seguirle el juego a víboras que tratan de encaramarse a hombros ajenos para subir, así, despacito, a tus sesos.
Que no.
Que no es mi culpa que no tengáis unas mejores vistas, ni vida, ni un proyecto de vida, ni nada que se le parezca.
Me quiero libre, me quiero entera y me quiero mía.
Prefiero no ser partícipe de sornas injustificadas, críticas, ignorancia y cuchicheos que apestan a jugos gástricos. Algunos sois una especie de bucle de cosas que dan pereza y que no me preocupo por descifrar. Pertenecéis a círculos de cromañones, de hedor tradicionalista, de mentes con polvo y sin flujo sanguíneo.

Hoy me he acordado de Isabel. Cuando miro a la mamá de mi madre a los ojos ya no sabe cómo me llamo, ya no distingue si soy su nieta o su madre. Si me zambullo en su pupila me angustia que la flor de la vida haya abandonado su delicado cuerpo seco.
Está encerrada en cuatro paredes de locura y gritos que no reivindican absolutamente nada, inútiles y sucesivos, quien entra ahí ya no sale, creo.
La mamá de mi madre es el claro ejemplo de vida antivital, de respiración sostenida, de lamento y ahorro de billetes, de dolor de manos porque "mira cuánto he trabajado construyendo nuestra casa", de rulos para el pelo. A veces ella miraba la parra y veía el polvo enamorado de mi abuelo. Creo que incluso se quería ir con él.

No sé por qué te dediqué unas líneas de Ernesto Sabato mientras mentías.
No logro entender...
Yo soy mía, ¿no? ¿Por qué te dediqué unas líneas que representan a la posesión pura y dura de personas? A la pertenencia más allá de los pensamientos, a no dejar respirar, a asfixiar.

Soy yo, mía, María, entera, libre. No queda claro si nieta o madre.
Paso de leer ese libro, no me llames.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Intimismo.

"a vosotros pecadores
como yo, que me avergüenzo
de los palos que no me han dado,
señoritos de nacimiento
por mala conciencia escritores
de poesía social."- Jaime Gil de Biedma.

Cuando me necesito no estoy. Cierro el corazón y me arropo con mi desnudez. No opto por acariciar a la fiera que me araña con una sonrisa de mentirijilla. No hago las paces con mi áspero antagonismo porque creo que no soy yo la que me duelo.

Pues he de aclarar que: sí, soy yo, yo me duelo. Por mucho que cueste hacerse a la idea.

Descanso en mí misma como si fuese esa vieja amiga que nunca te traiciona mientras me excuso hasta por respirar. "Oye mira que...nada."

Me acaricio la piel fresca como si no me hubiese querido mal. Como si mis dedos no fuesen cómplices de auto-estropicios. Y lo siento pero los hundo en mi tersa blancura como intentando disculparme con gesto de madre.

"Oye que..."

En ocasiones me encuentro en el espejo y María y su proyección parecen distintos cuerpos. Y, aún así, hago cualquier cara rara y me río. Y mi reflejo me enseña los dientes marfil. Lo siento, tal vez, por haberme dedicado muchas lluvias y relámpagos por causas injustificadas; por ser María y no brillar siempre. Por errar y no gustar, por rectificar, por ignorar; como cualquier ser humano, vamos.

Por una vez escribir me está consolando este despiece de figura. Me fundo en un abrazo de mí (para mí) y creo que ya lo he resuelto todo.

El invierno se avecina extrañamente largo pero lleno de amor propio.

jueves, 13 de octubre de 2016

La tontería de las 23:09.

Ansío tanto la paz de la montaña como Alberti el mar.

Las prisas de Madrid atropellan a cualquiera. No nos dejan respirar. Dispones de cinco y quince y cien bocanadas de aire puro si vas al norte.

En estaciones de tren solo veo cuerpos agotados con biorritmos mecanizados. Es todo tan rítmico e insano que, a veces, me asusto.

El autobús, quizás, decida que llegues tarde. Claro, las horas se pierden con el aliento entrecortado de la carrera que te pegas porque es tarde, tardísimo.

Las ojeras se coleccionan como los cromos en caras que parecen muertas. Qué calor de humanidad pegado a mi jersey, qué ventisca nos sacude en plena calle.

Regresadme. Devolvedme al norte, aunque no sea mi hogar; a falta de poder pernoctar a unos brazos de mujer. Hacedme volver ahora que nadie me estrecha con calidez. Ahora que estoy sola y nadie se enamora de mi escala acromática.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Aclaro que quiero en exceso.

Nadie me versa ni me besa ni me recita absolutamente nada.
No me separo de mis libros de poesía porque me dan la vida que otros me quitan a golpes. Hace tiempo que no espero que me quieran a lo grande. No se dejan la piel por mí y la mía está hecha tiras. No me vale, no, no vale.
Considero que los sentimientos han de ser como fuego a veces. Querer es sufrir un poco. Nunca he sabido querer sin excesos. Se me va la vida queriendo (en lo que tardo en coger aire, encarcelarlo y devolverlo al cuarto).
Aún sigo esperando que Beatriz me lea en voz alta con la marea igual de alta de Murcia. (Hablaría del trasiego de las olas bravas y espumosas de fondo pero es algo casi inexistente en esos lares.)
Escribo como si delirase; las palabras no encuentran ningún obstáculo para saltar del habitáculo de mi revuelta cabeza al papel. No las paro. No tengo fuerzas.
Me compadezco de Lorca cuando dice "¡Ay qué trabajo me cuesta quererte como te quiero!".
Es verdad,
cuesta una tristeza,
y dos,
y tres,
y cuatro.
Y, a pesar de la pena, no siempre consigues el dulce fruto de la recompensa. Y quien dice el fruto dice la esperada respuesta, lo recíproco, el feedback que te mereces por partirte las costillas en una misión inútil.
Qué trabajo me cuesta quererte como te quiero. En ocasiones, la noche es tan oscura que me evapora de mi cuarto. Y se me olvida que queriendo tanto sólo me doy de bruces con puertas de acero.
Huelo a madera mojada, con telarañas en sus recovecos, casi podrida. Pero, aunque todo yo se quiebre, siento un poco de paz infinita en el lado izquierdo del pecho.
Me costó querer pero hice lo que pude.

lunes, 22 de agosto de 2016

A mí.

De vez en cuando la soledad se posa en mí y trata de acicalarme. Colgándose de mis orejas, por ejemplo. Enredándose en mis horizontales curvas para que parezcan voluptuosas. Enredándose en mis ojos con un brillo opaco.

De vez en cuando la soledad se posa en mí y trata de acicalarme. Y el resultado es una palidez de fantasma y unas ojeras huecas.

Es una dama boba e infantil.
Vive de contradicciones, de improbables, de imposibles. Camina por un sendero de carteles invertidos y señales inventadas. Y, en cierta parte, me identifico.

Trata de poseerme como si yo fuese ese maldito territorio sin conquistar. Como si yo estuviese subordinada a ella. Como si yo fuese esa piedra inerte que no se queja cuando la ahogas en un río.

Me canta como las sirenas cantan a los marineros malolientes y agotados. Me canta y no siempre caigo. Hasta que las paredes se zambullen en mí y no me da tiempo a protegerme de mis miedos.

El resultado es una palidez de fantasma y unas ojeras huecas y cuando me miro al espejo pienso: "joder, María, ¡cuánta decadencia!"
La soledad repta de un extremo a otro de mi cara como una serpiente frente a su presa.

Y
zasca.

He de ordenar mis ideas. Recalcaron que soy muy abstracta y lianta con las palabras y ni me inmuté.

Sales y entras. Crees que quien te aporta es sinónimo de refugio y sólo te encuentras con un hogar sin techo. Crees que aportas un poco a fulano y luego se olvida hasta de tus manías. En fin, tonterías. Crees y crees y crees pero no eres más que una agnóstica en la religión y también en la vida.

Sólo tengo claro que que te quieran es no marcharse aún con todas las ventanas abiertas. O que no te rompan el corazón sabiendo el código exacto y tu lista de debilidades.

Deja ya de acercarte a cuerpos extraños que no sepan apreciar tu libertad. Que no sepan apreciarte entera. Con tu incoherencia, tu indecisión, tus arrebatos y tus enfados. Con toda tu alegría y tu mierda, a lo soez.

Nunca se me ha dado bien expresar cosas tan grandes en pocas palabras. Quizás por eso admiro tanto a Neruda. Quizás por eso morreo a mi inconformismo siempre que escribo un párrafo.

De vez en cuando la soledad se posa en mí y me recuerda que todos estamos solos. La esencia es saber convivir con uno mismo. Estoy aprendiendo a hacerlo sin asustarme.






viernes, 15 de julio de 2016

Si decides marcharte.

"moi je t'offrirai des perles de pluie venues de pays où il ne pleut pas//yo te ofreceré perlas de lluvia llegadas del país donde no llueve."-Jacques Brel.

Si algún día decides marcharte, sé concisa. No te enamores de conjeturas módicas. Simple y llanamente pon tu mirada de alerta en mis pupilas caramelo. Acto seguido, pronuncia todo lo que no me gusta ni un pelo imaginar.
Me desarmaré, seguro, y te pediré ochenta justificaciones. Más que aclarar, pretendo que calmen, en vano, mi agitada marea. Todas esas idas y venidas de ideas furiosas que creas de forma tan tristemente sencilla.

No sé si esto es un escrito o un manual de instrucciones de pacotilla.

Si recapacito un poco, te comprendo. Si te imagino es libre, solo libre. ¿Lo captas? No te obligo a quedarte conmigo, te obligo a que nadie te corte a navajazos el vuelo. Hay tanto cielo que aún no conoces  que no puede congelarte el miedo a las alturas. Y cuando digo que no conoces, significa que no tenemos ni idea, así, en plural. Nunca hemos excedido los límites del firmamento que nos imponen y es algo que odio.

Sería una pena que enjaulasen tus ganas. Necesito verte en la lejanía del paisaje aunque ya no me eches en falta. Quiero comprobar que, por una vez, me has hecho caso.

Dibuja un idealizado punto y final a nuestra relación sin cuajar si eso te reconforta. No soy tan bruja como para evitarlo.

Si ya está todo dicho, puntualizo: si ya hemos intercambiado todas las palabras posibles, trazalo.
Podría inventarme un nuevo lenguaje que solo tú y yo entendamos. No quiero que la monotonía nuestra y desdichada se anude a tu cuello y te duela. Mi dedo se perderá entonces por tu tersa piel intentando reparar daños. Como siempre. Y me sentiré la mar de culpable, como siempre.

No voy a atarte. No voy a poseerte. Ni tampoco voy a tener envidia cuando se pierdan en tus ojos (mejor de lo que mi dedo se hundía) con caras de tontos.

Si algún día decides marcharte, sé concisa. No te vayas por las ramas como yo cada vez que intento ponerme seria. Simple y llanamente te quiero, aún si estás exenta de mí.

viernes, 1 de julio de 2016

El verde es oscuro.

Si no te van a estallar hasta los ventrículos de tanto quererme, no quiero que me quieras. Para eso yo ya sola me quiero. A medias, claro. Con esa especie de puntería distorsionada que nunca te permite acertar.   Y, aún así, lo intentas.

Me frustra no poder describir la lentitud con la que el curso de las cosas está arrasando cualquier resquicio de luz con vistas a un futuro placentero (que hace tiempo que evito con todas mis fuerzas).

Tengo miedo.
Mis pies se convierten en esas raíces que van a parar al suelo y acidifican el terreno. Nacen hojas por mis piernas; se eleva esa prometedora enredadera que el jardinero mira con júbilo atragantándose con su vano mérito. Se retuerce por mis caderas con una fuerza atroz, la respiración se atrinchera en mis pulmones, mi frágil piel se viste de morado.
Me doy cuenta de que cada vez estoy más verde y más anclada en algo que detesto. Recibo numerosos estímulos exteriores que me desagradan de sobremanera. Quiero huir, decido huir, me ahogo, no puedo. Estoy varada en un entorno esperpéntico. Entonces las ramas se atan a mis pechos y me arañan, crujen, borbotea la sangre como en el cine.
Voy a posponer lo de llorar porque sino riego las raíces, el suelo, el terreno acidificado del entorno grotesco. Quiero que se pudra este inesperado y doloroso verde y ser libre, calzar unas alas aunque me queden dos tallas grande.
Soy como el peso de la conciencia del que mata estando sonámbulo y cuando abre los ojos se topa con la muerte disfrazada de tragedia.
Es ridícula la situación.
Los estímulos no cesan, me duele el alma, no hay pastillas, solo un verde que me arruina. No me explico qué me está echando a perder, no lo entiendo, no comprendo la desgracia.
Mi cabeza se queda petrificada mirando a un punto inexacto e igual de cutre que todo lo anterior.
No voy a llorar, no voy a regar, me da pereza regar, yo nunca riego, poco lloro. Ya no solo mi cabeza está inmóvil, también mi dichoso cuerpo de mujer de 17.

Y, ¿sabéis qué? Ese verde soy yo.
Yo me encarcelo.
Yo me duelo.
Parece que el verde es mi color favorito y no dejo de ponermelo.