sábado, 29 de noviembre de 2014

Declaraciones en un parque.

-Me preguntaba si...quizá tú...tú querrías salir conmigo-titubeó con miedo a esperar la respuesta- es tu decisión.
-¿Te has fijado en las bonitas vistas que se observan desde este banco de madera? ¿Te has cuestionado por qué en otoño las hojas se desprenden de sus hogares sin mirar hacia atrás? Tu mente está igual de desordenada que estas hojas repartidas por el suelo. Son un caos, ¿lo ves? Aún así me atrevería a gritar que es precioso. Noto tus mejillas sonrojadas como el color de éstas, mire o no a tus ojos con un azul más intenso que ese carrito de helados de la derecha. Me imagino tu desesperanza parecida a la de las familias de valientes soldados de guerra cuando no tienen noticias nuevas. Nos hallamos en una maravillosa guerra de árboles, Frank. Y noto como tu impaciencia da patadas a tu débil corazón que en ocasiones no te causa más que desmayos. ¿Sabes cuál es la respuesta ya?

El joven impulsado por su conciencia no dudó en sonreír y ofrecerle un cálido beso.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Prisiones mentales.

Cegado, quiere huir y borrar cualquier huella...que dejase clavada en la arena de aquellos que le quieren, o más bien en sus almas transformadas en sepulturas de piedra... grises. Tan grises como su persona, que lo único lúcido era el brillo del espeso sol sobre sus rizos oscuros. Como dando cobijo a cada mechón, lo que no encontraba entre el gentío.
Grisáceo y amargo...como las despedidas.
La quería con locura, estaba preso en unas pupilas enrevesadas, fruto de insomnio, de pensarla, de penar pensando, o de pensar penas baratas. Que la amaba para algo más que dos cafés...solos, como su cuerpo en aquel acantilado tan alto. Para algo más que un cigarro matinal o cuatro besos mal dados.
Todo loco se enamora de algo, se ancla a un alma, se olvida de multiplicar, mientras se multiplican los daños. Vacíos que querían hacer que la felicidad...cambiara de bando al del tormento. Y su corazón de papel al que los efectos de la mirada de ella, entre las sombras, producen roturas, peor que arrojar sobre el mil tanques de agua.
Pobre bobo, con una vida de película de drama, tan monótona como quejicosa y tan intensa como larga.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Mareas de vida.

Ojalá fuera fácil correr sin que las piernas se queden estancadas en mares de recuerdos. Andar tres pasos y que no sean todos en falso como la cantidad de promesas que se apilan en mi cabeza con poca coherencia, mientras me pregunto sobre su paradero. ¿Dónde estoy yo y mi certeza? Quizá no esté cuerda. Tal vez soy aquella que vive en sus trece y ya no cuenta ni con ángeles ni con demonios, sino guerreros pasivos que prefieren dormir a luchar, pero no bajan la guardia.
Que si me quiero refugiar, me camuflo en palabras desconcertantes y así huyo de océanos y teorías del universo que quebran mi entendimiento. 
Cuando me hundo, creo ahogarme. No sirve de nada intentar respirar si no hay aire. Es la sensación del bañista indefenso que está cansado de mover las extremidades sin coordinación para no tragar agua. Te falla la voz y ves como las masas te atrapan. Y chillas, esta vez sí. Liberas la granada que llevas albergada en lo más profundo. Se te aceleran las pulsaciones y observas barcos y más barcos con un rumbo fijo que no se han parado a mirar si tienes una brújula, mapas o manuales de instrucciones para sobrevivir. Esto no se trata de tempestades de cianuro, es normal atragantarse, pero puedes salir. Ya es hora de conocerse, no limitarse. No fallarse, que a las esperanzas no las sacudan las olas. No esperar océanos en calma, sino salir del embrollo. Porque quiero ser yo. La que se intenta poner las zapatillas sin desabrochar y coge los lapiceros a su manera. La que llega tarde a los sitios y pone excusas poco creíbles. La que se mide las pulsaciones con los dedos antes de acostarse para saber si en verdad no es más que un espectro. Y la que no soporta visualizar como pasan las manecillas de su reloj porque siente que su propia vida se va con ellas.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Pasajeros.

Hoy quiero ser algo. Es una frase vaga, con poca dedicación al escribirla, quizá. Pero a la vez lo es todo. Puedo concretar, algo para alguien. Ya he dado en la diana y no pienso borrarlo y huir corriendo a cualquier lugar de la casa. Esta vez no. Se acabó esconderse de espejos y miradas, de preguntas al esquivarlas, de lo lógico o idealizado, vaya o no peinada, suspire o no rotos, ande o no descalza. Aunque suela pasear mis defectos por la calle sin querer y me pase el tiempo escribiendo en desastrosas hojas, ordenadores y hasta en notas táctiles. Que mi corazón quiere ser pura poesía y mi cabeza, encontrar a alguien que me haga sentir poderosa como un verso. Conocer el lunar al que más cuesta llegar con la ruta de mi dedo por el paraje de su cuerpo. Saber que los jueves a las cuatro de la tarde se encuentra a un chaval con moto y a una joven de una floristería saludandose en una calle que ni conozco. No deseo que me regale flores. Quiero ver mil veces como achina los ojos al mentir y reírme al darme cuenta. O que me prepare siempre la misma cena porque sus cualidades culinarias brillan por su ausencia. Necesito cogerle del brazo y andar por las enmarañadas calles de Madrid, que se expire mi noción del tiempo y perdernos por la bella ciudad. O alguien que me entienda sin dar explicaciones desganadas. Quiero ser prisionera de un alma, me lleve o no a enloquecer. Enamorarme aún sabiendo que saldré malparada. Dar todo de mí, mi templanza y mi caos, mis reflexiones y mis paranoias, mi tristeza y sonrisas abiertas. Meterme de lleno y dejar de pensar en cuando sonará un estrépito, abrir los ojos y ver que he sido yo la que se ha golpeado contra la condenada ilusión. O tal vez mi sentir. Y poder revivir mariposas, si es que cuento con ellas en mi regazo al no morir por insecticidas de soledad. Describir sentimientos en mis ratos de estudio, montar ideas y dar vida a palabras para ti. O tal vez no parecerme a la vecina de secundaria del tercero que cree necesitar un máster para dar su primer beso.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Domingos descolocados.

Nunca entenderé el por qué de gastar "te quieros" sin sentirlos en el fondo del pecho. Por qué. Por qué no se envían casi cartas. Por qué. Por qué pienso tanto y siento tan poco, hasta que la pasividad me inunda como un océano helado a un minúsculo niño que no sabe nadar. Por qué. Por qué nos pasamos las horas mirando las pantallas de los móviles en vez de contemplar el azul del cielo. O el gris. Por qué los días pasan como las golondrinas del poema Bécquer según la canción. No hay tiempo para nada, ¿dónde se han quedado las conversaciones en el metro con desconocidos? Y el por qué del vaivén de los trenes. Por qué rompemos el hielo en los ascensores hablando del azul del cielo, el cual no nos paramos a observar. Por qué. Por qué siempre recibo los mismos mensajes con una temática tan aburrida que asusta y aún así sigo atenta al maldito cacharro luminoso. Por qué. Por qué a veces es más fácil escapar a esperar a que nos propinen golpes, y no principalmente de suerte. Por qué... Por qué se consumen los cigarrillos al igual que los cuerpos. Y por qué he perdido más de quince años de vida sin comprender absolutamente nada.