“Cojo el bolígrafo como quien coge un bisturí:
con
precisión anatómica me disecciono
y descubro que existo.” (Marcos Díez)
Escribir
no es mi hobby.
Bueno,
lo traduzco mejor al castellano, que es más apasionante:
Escribir
no es mi pasatiempo ni mi distracción ni una mera diversión.
Puede
que sí sea una inclinación, una propensión, una tendencia, una afinidad, un
gusto…
Un
afecto, un apego, un amor, una devoción…
Pero
ninguna de estas palabras me convence. Reducen en unas pocas letras un mundo
entero.
Por
ello, aunque no me hayas preguntado, trataré de explicarlo mejor.
Y
no me quedará otra que pedir perdón a las palabras por haberlas menospreciado y
tratar de que se congreguen en este texto para perseguir mi propósito. A ver si
las convenzo.
Si
nos remontamos muchos años atrás, era un bebé al que le encantaban los cuentos.
Me negaba a hablar, pero los dibujos y el tono del narrador me figuro que me
embelesaban.
Algún
año después, era una niña leona que pedía a los Reyes los libros de
Gerónimo Stilton y, sin estudiarme ni una regla ortográfica, sabía escribir
decentemente.
Pero,
espera, que cuando no lo hacía decente, recordaba y recuerdo con lujo de
detalles mis meteduras de pata:
como
cuando dije a mi mejor amiga que
claramente
evidentísimamente
jueces
se escribía con Z.
(Nunca
lo he vuelto a escribir mal).
Lo
cierto es que un día el tutor de sexto, Manuel, nos mandó un ejercicio de Mates
y yo solo reparé en el trágico hecho de que mecanico aparecía sin tilde.
Hasta
lo revisé en el diccionario para constatar la tragedia con mis propios ojos.
Hasta
levanté la mano para que todos fueran conscientes de la desgracia.
No
pregunté a Manuel si pensaba que era un caso perdido, pero mi inclinación era
clara.
Formaba
parte de mí de forma natural, como si fuera una pierna.
El
del pupitre de al lado, en la escuela, parece ser que vivió en América y que le
molaba el rap. El tío se ponía a escribir versos y, cada cierto tiempo, me
decía que si se me ocurría alguna rima (pongamos que con “ÍA”).
Y
yo estaba encantada.
También
gané un concurso literario con el alias nada ñoño de Lucecita.
Y
en mi primer portátil adoraba escribir historias que nunca terminaba como
la de mi tatarabuela murciana
o
la de un prota adinerado con nombre inglés, elocuente, que montaba un imperio.
Luego,
era una adolescente totalmente fascinada con el rap y me encantaban las
recomendaciones literarias del profe Ismael.
Era
un buen día si conseguía un puñado de versos impresos del siglo XX.
Ahí
me cree un blog y pude poner palabras al deseo frustrado que sentía por las
mujeres. Ya sabes, en esa época era muy difícil vivir una linda historia de
amor adolescente homosexual.
Y
en otros ratos, cuando no escribía, leía a hombres enamorados de mujeres y me
sentía como ellos. Porque claro, el capítulo de leer a mujeres enamoradas de
mujeres aún no se había desbloqueado.
¿Es
que acaso existe esa literatura?
Hoy
soy una adulta y no ha sucedido nada trascendental. Solo que mi principal vía
de escape es la escritura. Al menos ordena mis marañas mentales.
Las
palabras me siguen pareciendo apasionantes.
Me
halaga que mis alumnos imiten las palabras que digo (como jolgorio) y me
encanta memorizar otras nuevas.
Sin
ir más lejos, el otro día fueron:
tugurio
y
esquirol.
Gracias,
cine.
Quizá
escribo de forma egoísta porque necesito exteriorizar lo que me atraviesa el
cuerpo antes de que mi mente lo entienda.
No existe ninguna utilidad oculta hacia los demás.
Por
todo lo anterior: escribir no es mi hobby.
La
escritura es mi confidente. Me humaniza y no me deja mentir. Puedo ser
auténtica y vulnerable.
Es
bella, llena de matices y de asociaciones insólitas. Emocionante.
Me
enseña cosas de mí, me valida, me abraza, me rompe, me advierte, me refleja en
un espejo.
Canaliza
el fuego de mis venas,
mis
miserias y mis anhelos
y
el mundo parece más ligero.
Gracias
a la escritura no necesito hablar con Dios. Si Escritura no me abandona,
entonces no estoy sola.
Escritura
es un ente abstracto o una mujer o un trozo de mi corazón o mi pie.
No
diferencio entre Escritura y María. ¿Dónde empieza y acaba cada quién?
No
sé. Yo solo le cuento, le narro, le digo, le aseguro, le grito…
Y
Escritura calla.
¿Nos
parieron a la vez? ¿Compartimos sangre?
¿O
es una relación unilateral y ella pasa de todo?
No
sé.
Siento
afecto, apego, amor, devoción por ella…
¡Espero
que no sea una relación unilateral!
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