lunes, 22 de agosto de 2016

A mí.

De vez en cuando la soledad se posa en mí y trata de acicalarme. Colgándose de mis orejas, por ejemplo. Enredándose en mis horizontales curvas para que parezcan voluptuosas. Enredándose en mis ojos con un brillo opaco.

De vez en cuando la soledad se posa en mí y trata de acicalarme. Y el resultado es una palidez de fantasma y unas ojeras huecas.

Es una dama boba e infantil.
Vive de contradicciones, de improbables, de imposibles. Camina por un sendero de carteles invertidos y señales inventadas. Y, en cierta parte, me identifico.

Trata de poseerme como si yo fuese ese maldito territorio sin conquistar. Como si yo estuviese subordinada a ella. Como si yo fuese esa piedra inerte que no se queja cuando la ahogas en un río.

Me canta como las sirenas cantan a los marineros malolientes y agotados. Me canta y no siempre caigo. Hasta que las paredes se zambullen en mí y no me da tiempo a protegerme de mis miedos.

El resultado es una palidez de fantasma y unas ojeras huecas y cuando me miro al espejo pienso: "joder, María, ¡cuánta decadencia!"
La soledad repta de un extremo a otro de mi cara como una serpiente frente a su presa.

Y
zasca.

He de ordenar mis ideas. Recalcaron que soy muy abstracta y lianta con las palabras y ni me inmuté.

Sales y entras. Crees que quien te aporta es sinónimo de refugio y sólo te encuentras con un hogar sin techo. Crees que aportas un poco a fulano y luego se olvida hasta de tus manías. En fin, tonterías. Crees y crees y crees pero no eres más que una agnóstica en la religión y también en la vida.

Sólo tengo claro que que te quieran es no marcharse aún con todas las ventanas abiertas. O que no te rompan el corazón sabiendo el código exacto y tu lista de debilidades.

Deja ya de acercarte a cuerpos extraños que no sepan apreciar tu libertad. Que no sepan apreciarte entera. Con tu incoherencia, tu indecisión, tus arrebatos y tus enfados. Con toda tu alegría y tu mierda, a lo soez.

Nunca se me ha dado bien expresar cosas tan grandes en pocas palabras. Quizás por eso admiro tanto a Neruda. Quizás por eso morreo a mi inconformismo siempre que escribo un párrafo.

De vez en cuando la soledad se posa en mí y me recuerda que todos estamos solos. La esencia es saber convivir con uno mismo. Estoy aprendiendo a hacerlo sin asustarme.






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