miércoles, 14 de septiembre de 2016

Aclaro que quiero en exceso.

Nadie me versa ni me besa ni me recita absolutamente nada.
No me separo de mis libros de poesía porque me dan la vida que otros me quitan a golpes. Hace tiempo que no espero que me quieran a lo grande. No se dejan la piel por mí y la mía está hecha tiras. No me vale, no, no vale.
Considero que los sentimientos han de ser como fuego a veces. Querer es sufrir un poco. Nunca he sabido querer sin excesos. Se me va la vida queriendo (en lo que tardo en coger aire, encarcelarlo y devolverlo al cuarto).
Aún sigo esperando que Beatriz me lea en voz alta con la marea igual de alta de Murcia. (Hablaría del trasiego de las olas bravas y espumosas de fondo pero es algo casi inexistente en esos lares.)
Escribo como si delirase; las palabras no encuentran ningún obstáculo para saltar del habitáculo de mi revuelta cabeza al papel. No las paro. No tengo fuerzas.
Me compadezco de Lorca cuando dice "¡Ay qué trabajo me cuesta quererte como te quiero!".
Es verdad,
cuesta una tristeza,
y dos,
y tres,
y cuatro.
Y, a pesar de la pena, no siempre consigues el dulce fruto de la recompensa. Y quien dice el fruto dice la esperada respuesta, lo recíproco, el feedback que te mereces por partirte las costillas en una misión inútil.
Qué trabajo me cuesta quererte como te quiero. En ocasiones, la noche es tan oscura que me evapora de mi cuarto. Y se me olvida que queriendo tanto sólo me doy de bruces con puertas de acero.
Huelo a madera mojada, con telarañas en sus recovecos, casi podrida. Pero, aunque todo yo se quiebre, siento un poco de paz infinita en el lado izquierdo del pecho.
Me costó querer pero hice lo que pude.

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